“La vejez es la peor de todas las corrupciones” Thomas Mann
Llegamos a su pequeño departamento, en un edificio bastante viejo de los
que aún tienen renta congelada, sólo hay dos cuartos, una pequeña cocineta y un
baño, un cuarto lo hace de recamara, el otro de sala comedor. El lugar luce
bastante descuidado y huele a humedad. Parte de lo que hago es ser muy
observador, aunque trato que los demás no se den cuenta de lo que observo, pero
si he llegado hasta aquí ha sido porque eso me ha ayudado en muchas situaciones,
a él parece no importarle lo que yo haga. Las paredes parecen no haber sido
pintadas hace mucho tiempo, en algunos puntos lucen manchas que nadie ha
cubierto. No tiene gran cosa, los muebles son viejos, el sofá tiene algún
resorte saltado, quizá lo único menos viejo es la televisión. Va delante de mí,
camina con paso lento, no parece tener prisa en lo que hace, yo tampoco tengo
otra cosa que hacer, me siento en el sofá y desde ahí observo. Me pregunta si
quiero tomar algo, tiene brandy y coca cola, le digo que sí, él va a la cocina
por un vaso y hielo. En las paredes hay algunos cuadros con fotos viejas, han
perdido el color, como todo lo que alcanza el tiempo, como los mismos recuerdos
que se van desdibujando, puedo ver a un hombre joven en traje de baño en alguna
playa, me parece es Acapulco por las rocas del fondo, se ve bien, tiene buen
cuerpo, el pelo negro mojado por el mar, pero me llama la atención los ojos,
vivos, alegres. Él regresa con dos vasos con brandy y un refresco, me sorprende
cuando estoy mirando las fotos del cuadro y me dice: “ése soy yo…hace muchos
años…”.
Ya lo había visto antes, a veces lo encontraba en el bar que
acostumbraba visitar, sobre todo cuando llegaba temprano, casi siempre yo
llegaba tarde, cuando la gente llevaba varias cervezas encima y trae la sangre
encendida y busca un cuerpo que caliente su soledad, era entonces cuando yo
llegaba, me pedía una cerveza y observaba a la gente, a quienes iban solos,
puedo decir que la mayor parte de la gente que va a un bar van solos, porque
aunque vayan con sus amigos en realidad están solos, ir con amigos es la forma
que tienen de aparentar no estar solos en el bar, y si en esa noche conocen a
alguien dejan a sus amigos para irse con ese alguien. A esos era a los que yo
observaba, casi siempre conseguía a alguien con quien irme, de antemano les
decía que yo no traía lana y que si querían que me fuera con ellos debían
“apoyarme”. Muchos salían con eso de que “yo no pago por sexo, ni que estuviera
tan necesitado”, pero el chiste de esto no es pedirlo abiertamente, sino hacer
que ellos mismos lo ofrezcan, para ello hay que hablarles bien, observarlos,
saber sus debilidades, hacer empatía con ellos, eso es lo que yo hago.
Estoy bien consciente de mi aspecto, no soy el modelo que todos los
homosexuales quieren para novio, pero si soy el tipo masculino y rudo con el
que muchos desean tener sexo, soy joven y puedo aguantar mucho penetrando,
además de que eyaculo varias veces teniendo sexo. Algunos me describen como:
"ni guapo, ni feo, pero él te dará la cogida de tú vida". Mi origen
se encuentra en algún lugar de provincia, como muchos llegué a la ciudad
buscando algo mejor y siendo apenas adolescente descubrí que podía obtener
ingresos de ésta forma y así obtengo algo extra, dinero o regalos que yo no
puedo costearme, durante la semana trabajo en oficios diversos, no me gusta
tener algo fijo, cambio de oficio, cambio de casa, y el fin de semana visito
los lugares de ligue y cambio de persona. Aunque lo que obtengo no lo gasto en
drogas o en caprichos, quiero algo distinto, aún no sé. No soy ladrón, quizá
por eso algunos gustan de volver a contactarme, mis padres me inculcaron el
respeto por las cosas ajenas, he pasado la noche en lujosos departamentos y
nunca he robado nada, solo tomo lo que me dan, y lo agradezco. Un día me di
cuenta que, por mucho que le gustara yo a alguien, no me quieren para algo
serio, para algo formal, sólo les llama la atención de mi la parte sexual, sólo
quieren una buena revolcada en la cama, alguien diferente a lo que tienen en su
círculo inmediato, alguien que los saque de la rutina y del sexo tedioso, y
encontré que podía sacar ventaja de esa situación, en vez de victimizarme podía
aprovechar también lo que otros tienen y que están dispuestos a dar para
conseguir una experiencia sexual satisfactoria que los ayude a continuar con
sus vidas socialmente perfectas. Aprendí a observarlos, a entender sus gestos,
sus miradas, aprendí a seguir sus conversaciones, a entender lo que no dicen
expresamente, a llevarlos hacia lo que necesitan de mí, y a que todo puede
darse por un intercambio, y sabía dónde podía encontrarlos, y sobre todo, en
qué momento buscarlos, clientes asiduos de bares, rodeados de amigos, ruidosos,
entre más amigos, entre más ruido, más solos estaban, y eso es lo que yo
aprovecho.
A veces iba temprano al bar, porque algunos de mis conocidos me dejaban
un recado para vernos con uno de los meseros que era mi amigo, y en esas
ocasiones que iba temprano lo encontraba tomando un trago, siempre solo, no
platicaba con nadie, su ropa aunque vieja se veía limpia, el pelo canoso que
contrastaba con un bigote negro, tomando un trago lentamente, sentado solo en
la barra o en una mesa, nadie parecía hacerle caso. Cuando yo iba tarde él ya
no estaba, al parecer se retiraba tan pronto comenzaba a anochecer, justo cuando
para los seres nocturnos como yo la noche apenas nacía. Cierta vez le pregunté
a mi amigo el mesero por ese señor, me dijo que desde que él llegó a trabajar
ahí ese señor ya era cliente del bar, que siempre lo había visto solo, no daba
problemas, siempre pedía lo mismo, brandy con cola y la comida que servían como
botana, que estaba un largo rato ahí solo y luego cuando comenzaba a llegar la
gente se iba, pero no conocía más detalles de él. Por una extraña razón me
comenzó a llamar la atención, no parecía buscar algo, nunca volteaba a ver a
nadie, solo permanecía sentado tomando lentamente su trago, sumido en sus
pensamientos, mirando hacia ningún lugar, más allá de las mesas, a donde su
mente lo llevara, yo lo miraba y me intrigaba sin saber por qué.
Cierto día que fui temprano lo vi como siempre en la barra y me senté
junto a él, me volteó a ver por un momento pero no me hizo caso. Pedí lo mismo
que él tomaba, mi amigo me miró con extrañeza mientras me servía el trago. No
usaba loción, me pareció que olía a viejo, como un libro que ha estado mucho
tiempo en una biblioteca, su cara lucía con arrugas y manchas propias de la
edad, su mirada era cansada, sus ojos tenían ojeras profundas, quise hacerle
plática pero me contestaba con frases cortas, no era agresivo pero tampoco
mostraba más interés, después de un tiempo se fue. En otra ocasión que lo vi
hice lo mismo, por alguna extraña razón quería conocer más de él, ¿quién era,
qué había detrás de esa mirada triste?. Al cabo de varias veces de sentarme
junto a él comenzó a aceptarme más, cierta vez me vio llegar y me pidió un
trago antes que yo lo pidiera, cuando llegó tomó su vaso y me dijo: “éste yo te
lo invito, pero es lo único que podrás tener de mí”, le dije que no buscaba
otra cosa con él más que platicar, conocer su historia, me miró y me dijo que
su historia no era interesante, que era más bien aburrida para alguien como yo,
que seguramente yo tenía posibilidades de conocer gente mucho más interesante,
“…y mucho más joven”, agregó.
No sé cuántos años tendría, era un señor de edad avanzada, ya no era un
“maduro”, era más bien una persona de la tercera edad, él era consciente de
cómo era, me dijo que ya no pretendía gustarle a alguien, por lo cual a veces
era descuidado en su persona, me platicó que veía pasar el tiempo de forma
distinta a como yo lo veía, quise pensar que tenía un cúmulo de experiencias
encerradas pero él no parecía dispuesto a contarlas, simplemente le parecía
aburrido. Tomaba lento, ya no tenía prisa. Poco a poco me fui acostumbrando a verlo
cuando iba temprano, él tenía algo que me hacía buscarlo, no era para nada
atractivo y no era el tipo de gente que yo buscaba, sabía que no podría obtener
algo de él, quizá era el misterio con el que se rodeaba, y cierto día sin
pensarlo le propuse acompañarlo a su casa mientras le tomaba la pierna, él se
me quedó viendo y me dijo que no, que entendía lo que yo hacía y que le parecía
atractivo pero que había muchos años de por medio y que además él no podría
ayudarme de forma alguna. Insistir es lo mío, así que después de un tiempo él
accedió, y me fui con él.

“Ése soy yo…”, me dijo mientras me daba un trago, en referencia a las
viejas fotografías que había en la pared. Me dijo que en algún tiempo, hace
mucho tiempo fue así, hacía tanto que ya no recordaba cuando fue que estuvo ahí
cuando le tomaron esas fotos, “me las tomó mi pareja de entonces” me dijo, yo
lo miré intrigado y me dijo “en algún tiempo tuve pareja”. ¿Y qué pasó?, le
pregunté, “en algún punto de nuestras vidas tomamos caminos distintos, y no
pudimos volver a reencontrarnos”. Me dijo “He estado solo los últimos años, me
he acostumbrado a vivir así, tuve un buen trabajo, conocí mucho, viajé, bailé,
me divertí, ahora no sé cómo es hacer todo eso, tuve que aprender a vivir con
cada vez menos, a necesitar menos, a ambicionar menos, al contrario de mucha
gente, cuando fui envejeciendo me fui deshaciendo de muchas cosas, porque cada
vez vas ocupando menos cosas, alguna vez lo entenderás…”. En éste punto de mi
vida yo vivía con rapidez, conocía gente con rapidez y así también la desechaba
de mi vida, todo tenía un propósito efímero, nada estaba hecho para durar,
porque tenía toda la vida por delante. Apuré mi trago, él me ofreció otro,
acepté, el licor comenzaba a calentar mi sangre, algo necesario para lo que yo
hacía. Regresó con el vaso lleno de hielo y brandy. “La primavera dura sólo un
segundo, el otoño es muy largo y el invierno es muy frío”, me dijo mientras
tomaba de su vaso con brandy lentamente como lo había visto tantas veces
hacerlo en el bar.

Poco a poco me fui despojando de mi ropa, me quité la camisa y me vi a
mi mismo fuerte, joven, yo sé que a muchos les gusto, él no pudo evitar verme y
se sentó frente a mí pero no se volcó encima de mí como todos lo hacían, me
miró largamente y luego me tomó de mis manos acariciándolas despacio, su piel
era suave, delgada, me dijo “estás a tiempo de que no pase algo que no quieras,
mira mis manos, así es mi cuerpo” mientras me miraba desde las profundas ojeras
en que estaban sus ojos tristes. No le dije nada pero sostuve sus manos en las
mías. Su historia era la de muchos, el tiempo lo alcanzó antes de que estuviera
listo para afrontarlo, quedó solo quizá por decisión propia, dejó de ser útil
en su trabajo, nadie lo contrató después, tuvo un negocio fallido, quiso probar
todos los placeres cuando su cuerpo aún era firme, sabiendo que tenía el tiempo
contado, tuvo que irse acostumbrando a los rechazos cada vez más frecuentes,
quienes lo aceptaban siempre buscaban algo de él y era consciente de ello, pero
era la forma en que podía estar con alguien por lo menos un rato y aliviar por
unos momentos su soledad, hasta que fue quedando con cada vez menos, con menos
tiempo, con menos de él, con menos de los demás, con menos de todo, y con más
soledad.
Sin decirle nada me levanté del sofá y sin soltarle la mano lo llevé
hacia donde era su cuarto, la ropa de la cama era vieja pero estaba limpia, el
interior era un desorden, “no suelo recibir visitas”, se disculpó mientras
hacía a un lado la ropa que estaba sobre la cama, el buró que tenía a un lado
estaba lleno de cajas de medicamentos cuyos nombres desconocía, apagó la luz
del cuarto y se fue quitando la ropa. Su boca se acercó a mi entrepierna
buscando con un hambre de siglos, un hambre nunca satisfecha, con el hambre de
quienes son prisioneros de su propio cuerpo, con hambre de carne viva,
palpitante, con sed de placer, porque hasta su boca se sentía seca, distinta,
pero sin prisa. Su cuerpo era como la tierra cuando se va secando y se va
agrietando, estaba derruido no solo por fuera sino también por dentro, la
soledad nunca es buena compañera y veces acerca a la gente a la locura. Dejó
caer su cuerpo sobre la cama, como caen todas las cosas al cabo del tiempo,
como caen los troncos cuando mueren, como caen las personas, los amigos, su
alma que alguna vez estaba llena de vida ahora tenía un vacío que lo iba
llenando todo, el vacío que iba llenando el lugar donde vivía, quitando cada
vez más cosas para dejar solo unas fotografías viejas de lo que alguna vez fue.
En silencio me acosté junto a él y mis manos recorrieron su cuerpo, lo había
hecho tantas veces con tantos hombres jóvenes pero ésta vez parecía que lo
estaba haciendo por vez primera, torpemente.
¿Por qué lo hice? Quizá por lástima, no tanto por lástima a él, sino por
lástima de mí mismo. En algún momento cuando estaba con él en la soledad de su
cuarto, sentí el vacío que él tenía, y ese vacío se fue liberando y me fue
invadiendo, al sentir su cuerpo junto al mío sentí crecer en él un fuego que
iba quemando todo a su paso, un fuego abrasador que me consumía, me reducía a
cenizas, a polvo, el polvo en el que nos convertiremos, y en ese momento me
sentí solo, tanto o más solo de lo que él que estaba en el ocaso de su vida,
porque aun cuando era yo quien usaba a los demás para mi placer y era asediado,
en realidad estaba solo. Poco a poco, entre la penumbra del cuarto vi dibujarse
mi propio cuarto donde yo vivía, reconocía mi ropa desordenada, el descuido en
mi persona que mi edad me perdonaba, entonces me vi en él, sentí la opresión de
su soledad, pesada como una losa que me impedía huir de lo que vendría, del
porvenir que habría que llegar también para mí, como había llegado para él. Y
al reconocerme en él supe qué era lo que me había llamado la atención de él desde
la primera vez que lo vi, éramos tan distintos en edad, pero tan iguales en esa
soledad inmensa, en esa soledad que me ahogaba, era como verme a mí mismo al
paso del tiempo, como si nunca hubiese sido joven, como si nunca hubiese
vivido, así terminaría todo.
Cuando todo terminó recogí los pedazos de mi vida quebrados en el piso,
me vestí y salí a la noche. Para quien vive de noche aún era temprano, regresé
sobre mis pasos, las luces de la ciudad estaban más vivas que nunca, el frío de
la noche golpeaba mi rostro, sin darme cuenta estaba de nuevo en la calle de
los bares, lucía bulliciosa, llena de vida, con un montón de puestos ambulantes
de comida rápida y fritangas, el ruido de los bares se filtraba hasta la calle,
gente saliendo de un bar donde no habían encontrado lo que buscaban para entrar
al otro bar con la esperanza de encontrar algo ahí, mientras el alcohol les
calentaba la sangre, miradas que buscaban, miradas que preguntaban, que pedían
a gritos el calor de otro cuerpo, un distractor de su soledad, sentía las
miradas sobre mí, todo era efímero, al cabo de unas horas la calle volvería a
estar vacía, como la vida de muchos de los que caminaban buscando, siempre
buscando. Continué caminando, sabía a dónde llegaban esas calles, y era algo
que no quería, aún podía dar vuelta en alguna esquina, aún podía caminar por
otras calles, y quizá, sólo quizá, podría encontrar algo distinto de lo que
había vivido horas antes.

Entonces, al doblar una esquina, me topé con unos hombres discutían
porque al parecer no querían ir al mismo lugar, discutían y no se ponían de
acuerdo. Uno volteo a verme y me pareció conocido, creo que ya lo había visto
antes, pero nunca habíamos platicado, lo había visto siempre con alguien que
parecía ser su pareja, pero hoy no estaba con él. Entonces los otros se
subieron a un taxi, el quedó solo y nos quedamos solos en la calle, mientras
las luces del taxi donde iban sus amigos se alejaban, me miró, quizá me
reconoció, lentamente fue caminando hacia donde yo estaba, “¿vas a algún lado?”
me preguntó, “a ningún lado”, le contesté, “yo tampoco”, me dijo. Comenzamos a
caminar juntos, en silencio, lejos de la zona de bares, el ruido de la noche
quedaba atrás...
Por: Martín Soloman