28 de octubre de 2015

Una de indio

Eran las seis de la tarde cuando llegué al bar, tenía algún tiempo que lo frecuentaba. Entré y busqué con la mirada sin que lo viera, quién sabe si hoy vendría, quién sabe si lo vería. Una de las meseras me reconoció y me indicó con una mano que tenía una mesa disponible, fui y me senté, ella limpió con un trapo húmedo la mesa, me miró y sonrió mientras me preguntaba si tomaría lo mismo, le dije que sí, ya se iba y me pregunto si solo una, miré hacia la puerta, él no había llegado y le dije que sí, solo una. Me llevó mi cerveza Indio y una botana, alguien puso en la rockola una canción, “y volver volver volver, a tus brazos otra vez…”. No era la primera vez que la ponían cuando yo iba, volteé a ver a la rockola pero no vi al gracioso que la puso. Fue hace años que conocí ese bar al cual también hace años que no he regresado.

En aquellos años tuve un problema legal y necesitaba con urgencia un buen abogado. Pero para alguien como yo que no conocía nada de licenciados, encontrar uno bueno me parecía muy difícil, afortunadamente un compañero del trabajo me recomendó visitar a un amigo suyo, este era un abogado muy reconocido por ser bueno en su trabajo, fuimos juntos a visitarlo y sorprendentemente su casa estaba ubicada en una zona muy peculiar. Aunque su casa estaba cerca del centro, muy cerca de una avenida principal de la ciudad, la calle donde vivía conducía a una zona conocida por su peligrosidad,  los antiguos patios de la estación de tren. Hacía muchos años que el tren había dejado de funcionar, y todos los terrenos fueron invadidos y se hicieron asentamientos habitacionales irregulares, era una zona muy peligrosa que todo mundo evitaba, eran frecuentes las notas rojas de esa zona. Sin embargo, la calle por la que entramos era una zona residencial muy tranquila, con casas antiguas, pero cuidadas, al dar vuelta hacia la calle donde vivía el licenciado esta era de un solo sentido pero bastante ancha, con árboles frondosos.

Dimos con la casa, tocamos y salió el licenciado, nos invitó a pasar aunque dijo que tenía a toda su familia enfiestada, se escuchaban risas de niños y música, no quise distracciones, así que le dije que si no tenía inconveniente le podía explicar ahí mismo en la calle, a lo cual accedió. Era una tarde calurosa del mes de Mayo, tardamos un buen rato platicando y exponiéndole mi problema, el tiempo pasó, y ya que estábamos en la calle, comenzó a pasar gente, parecían trabajadores de oficios diversos, me quedé viendo y me comentaron que era la hora en que la gente de los patios de la estación regresaban a sus casas, esa calle iba a dar a la colonia. Mi amigo me dijo que si no quería ir a echarme una cerveza en un bar que estaba más adelante y que es a donde esa gente pasaba después de trabajar.

Por supuesto, no acepté la invitación, lo tome como una broma suya, parecía riesgoso, además en ese momento estaba centrado en el asunto que fui a tratar con el abogado, pero si me quedo la idea de alguna vez visitar el bar. Estuve pensando varios días en esa calle y un viernes decidí ir. Me vestí con pantalón de mezclilla, camisa de manga larga arremangada y una gorra, caminé por esa calle en dirección a los patios de la estación. El bar estaba un par de calles más adelante de la casa del abogado y aun retirado de los patios de la estación, era un edificio muy antiguo, las típicas puertas de cantina vieja, el ruido de una rockola al fondo, las paredes cubiertas de loseta marrón medio rota. Entré, había poca gente, nadie parecía fijarse en mí, tomé una mesa, pedí una cerveza y me llevaron algo de botana, además de la bebida servían comida para quienes regresaban de trabajar a esa hora. Quienes atendían eran mujeres, ya maduras, conocían a los que entraban, los saludaban y reían con ellos mientras resonaba la música de la rockola. Lo que estaba observando en el bar era diferente a lo que estaba acostumbrado a ver, no era un bar de ambiente, el tipo de gente que iba era tosca, sin escolaridad y sin modales, el sudor que despedían era fuerte, y aunque yo iba vestido sencillamente, de alguna forma contrastaba con ellos.

Después de algunas cervezas y no ver algo interesante decidí que era hora de irme, el rumbo era peligroso y no conocía las calles, no quería seguir ahí cuando oscureciera. Pasé al baño, un espacio pequeño, gente entraba y salía, estaba orinando cuando llegó un hombre a mi lado a orinar, no quise verle la verga, sentí el peso de su mirada en mí, con temor lo voltee a ver y lo que vi me agradó. Era de estatura algo mayor que la mía, llevaba una gorra algo sucia, la piel quemada por el sol, la barba medio crecida, algo pasado de peso. Nuestras miradas se cruzaron, él no tenía ninguna expresión. Salí rápidamente, llegué a mi mesa y pedí la cuenta mientras terminaba mi última cerveza. Estaba pagando cuando el hombre que había visto en el baño se acercó y me preguntó si ya iba yo a desocupar la mesa porque se quería sentar, le dije que sí y me quise levantar, él me dijo que me terminara la cerveza, que no había problema. Yo estaba nervioso pero su mirada era imperativa, me quedé sentado y tomé mi cerveza, él acercó la suya y me dijo “salud”. Eso me tranquilizó, terminé mi cerveza en silencio, él parecía no verme, miraba a todos lados y a ninguno, no parecía tener ninguna emoción. Hice el intento de levantarme de la mesa pero él pidió dos cervezas y me acercó una. Me dijo que me había estado viendo, que no era de por ahí y que se había acercado a mí para que no tuviera problema, si los demás me veían platicando con él todo estaría bien.

Le agradecí y comenzamos a platicar de su trabajo. Era carpintero, comento que estaba arreglando una casa, pude verlo mejor, tenía nariz ancha, pómulos pronunciados, mandíbula fuerte y manos grandes, aunque tenía barba a medio crecer no tenía vello corporal, excepto en los antebrazos, calculé que debía ser unos diez años mayor que yo, quizá el trabajo rudo lo hacía ver mayor de lo que era. Su plática era sencilla, pero por alguna razón podíamos conversar bien. La siguiente cerveza se la invité yo, la plática no tenía nada fuera de lo común, no había ninguna insinuación, excepto un movimiento de su mano para rascarse la entrepierna, pero cuando lo hacía no me veía, no había tampoco una mirada que insinuara algo. Anochecía y decidí que lo mejor sería irme, pagué y me despedí de él de mano, al hacerlo sentí su mano con callos.

Iba caminando por la calle hacia la avenida principal cuando sentí unos pasos rápidos tras de mí, caminé más rápido y entonces él me alcanzó. Me dijo que también ya se iba, me extraño porque ese no era su rumbo. Le dije que no me había presentado y él me dijo que se llamaba Benjamín. Íbamos caminando juntos y antes de alcanzar la avenida principal, de pronto él me agarró una nalga. Yo volteé a verlo pero él no me miró. Llegamos a la avenida principal y entonces le pregunté si quería ir a otro lado, él me miró de arriba abajo y solo me dijo “está bien”. Tomamos un taxi y nos perdimos en la noche, hacia un hotel que conocía yo, donde no les importaba si quien entraba era una pareja de hombres. En el camino compramos un six de cervezas.

En el cuarto él no dijo mucho, se recostó en la cama mientras encendía la TV y abría una lata de cerveza, solo se agarraba la verga por encima del pantalón. Yo me recosté a su lado, le abrí la camisa y le acaricié el pecho, su piel se sentía dura, tenía un cuerpo macizo, él tomó mi mano y la bajó hacia su bragueta, sentí su bulto duro y lo acaricié sobre su pantalón, luego abrí su bragueta, llevaba un pantalón de mezclilla con botones en vez de cierre, saltó su verga, me gustó, era morena y de buen tamaño, el glande era del mismo color que sus labios, acerqué mi boca, tenía un olor fuerte pero excitante, me puse a mamarla. Él se bajó los pantalones, yo me quité mi ropa. Quise besarlo pero el hizo la cara a un lado, me dijo que no le gustaba besar y que además ya le había mamado la verga. No dije nada y seguí con lo mío, luego me dijo que quería que me sentara en él, quería que yo mismo me fuera clavando su verga en mí, que yo solo me fuera ensartando en él. Así lo hice, aunque me costaba trabajo yo mismo iba controlando el dolor, cuando de repente él me tomó de la cintura y arqueó su cadera hacia arriba penetrando totalmente en mí. Grité de dolor, quise zafarme pero sus fuertes manos no me dejaron, me dijo “tranquilo, ya pasará”. Pero el dolor no pasó tan rápido como esperaba, sin embargo poco a poco me fui acostumbrando y fui iniciando el sube y baja, él me soltó y puso los brazos sobre su cabeza. Con más soltura cambié de posición mis piernas y me puse en cuclillas sobre él subiendo y bajando, el rango de movimiento era más amplio, su verga casi salía de mí para de un golpe entrar toda, mis nalgas golpeaban sus huevos. Así, sin que él se moviera de repente sus piernas comenzaron a tensarse, apretó el abdomen y eyaculó entre gemidos mientras yo me masturbaba para venirme después que él.

Nos fuimos a bañar, él se metió primero a la regadera y luego yo, después nos quedamos recostados en la cama mientras tomábamos otra cerveza, ambos estábamos más relajados, yo le acariciaba el cuerpo mientras él se iba quedando dormido, así yo también me quedé dormido. Me despertó de madrugada, me dijo que ya estaba por amanecer y tenía que irse, le pregunté si era casado y me dijo que no pero que tenía que ir a trabajar, olvidaba que yo no trabajaba los sábados pero él sí. Nos vestimos y le pregunté si tenía un teléfono al cual pudiera hablarle para vernos otro día, me volteó a ver con cara inexpresiva y me dijo que cuando quisiera verlo lo buscara en el mismo bar donde lo había encontrado. No le dije nada, salimos a la calle donde caminamos a la esquina, ahí pasó su camión, no me despedí de él, sabía que no volvería a verlo pero él me dijo: “búscame”. Fue todo y se subió al camión.

Pasó el fin de semana, volví a mi rutina habitual, él me había gustado y la había pasado muy bien, pero lo más seguro era que no volviera a buscarlo. Sin embargo me descubría a ratos pensando en él. Al cabo de dos semanas, un viernes volví al mismo bar. Eran las seis de la tarde, había poca gente, la mesera de la primera vez me reconoció y me llevó a una mesa, me preguntó que tomaría y le dije “una cerveza Indio”. Pasó una hora cuando llegó Benjamín, se detuvo en la puerta un momento y al verme fue a mi mesa. Me saludó de mano como viejos conocidos y me dijo “tardaste en venir”. Yo me puse nervioso, le dije que había tenido trabajo, pero me interrumpió, “no importa”, me dijo. La mesera vino y le preguntó que tomaba, pidió lo mismo que yo. Estuvimos tomando unas cervezas y luego le pregunté si quería ir a otro lugar, me dijo que sí.

Así pasaba siempre, cada vez que quería verlo iba al mismo bar, a veces él no llegaba y me regresaba solo a mi casa, no sé si llegaría más tarde, yo salía de ahí antes de las ocho. Nunca supe dónde vivía, ni supe su número. Cierta vez llegué al bar más tarde y al entrar vi a Benjamín en una mesa con otro tipo. Ambos estaban platicando, el otro parecía entusiasmado con él mientras Benjamín permanecía distante, sin expresión en su cara. Me volteó a ver pero no hizo ningún gesto, fue como si no me conociera. Me senté en otra mesa, esperé hasta que fue al baño y lo seguí, me puse a su lado como la primera vez, lo miré y solo me dijo: “no pensé que vinieras, ¿se te hizo tarde?” le dije que era por el trabajo, y mientras se sacudía la verga me dijo “´pa la otra nos vemos” y se salió.
  


Ambos salieron juntos del bar, yo me quedé a terminar mi cerveza, la mesera se acercó a preguntarme si quería otra, yo estaba triste mirando hacia la puerta, ella me volvió a preguntar, le dije que sí y cuando me la trajo debió verme los ojos rojos, abrió la cerveza, se paró junto a mí y me dijo: “él es así, no es de nadie, puedes estar con él, pero nunca estará contigo”. Fue la única vez que me dijo algo así, yo la miré mientras ella iba a atender otra mesa, en la rockola alguien ponía esa canción “y volver volver volver, a tus brazos otra vez…”

Por: Martín Soloman




21 de octubre de 2015

Perdiendo mi religión



Nuestras miradas se cruzaron por primera vez en esa ocasión, y desde ese momento, no pudimos evitar mirarnos cada vez que nos encontrábamos en los espacios de ese lugar, dentro de mi había una revolución. Era la reunión periódica de nuestro grupo religioso en donde acudían todos los pequeños grupos de todas las localidades de la región. Cuando él me miraba lo hacía de forma que yo percibía distinta, yo sabía que había algo más que simple simpatía en esas miradas, pero por mi forma de pensar religiosa de esa época, solo quise interpretar que su mirada era solamente amistosa, de un joven ejemplar y bueno. Finalmente nos saludamos, ambos estábamos como voluntarios haciendo el mismo trabajo en ese gran recinto religioso. Yo tenía veinte años, él era mayor que yo por unos cinco. Josué era su nombre, entablamos amistad, cada vez que decíamos algo, adelantábamos la palabra “hermano” como suele usarse dentro de los grupos religiosos. A partir de entonces, esperaba con ansias la siguiente reunión, para poder ver a mi amigo Josué. No sé si yo causaba el mismo efecto en él, pero cada vez que nos veíamos, sus ojos brillaban al verme, cuando nos veíamos hablábamos de nuestras metas religiosas y nos tomábamos fotos amistosas, que  a mí me permitían pensar en él, el resto del tiempo.

Crecí dentro de la fe religiosa de mis padres, así fui educado y yo creía que lo mejor era permanecer en esa tradición, mi mente estaba completamente influida por las ideas religiosas. Pero dentro de mí, muy dentro, existía algo que iba en contra de todo lo que dictaban las normas religiosas, algo que me dolía admitir, que a veces me hacía sufrir, pero también algo que a veces me permitía hacer volar mi imaginación y pensar en un mundo diferente, una vida diferente y mientras estaba en ese estado de ensoñación, también era feliz, porque en ese sueño, la relación con mi recién conocido amigo Josué, no era solo de amistad, sino de placer. Pero de pronto la voz de alguien de mi familia me hacía volver a la realidad. Y minutos después me sentía culpable. Otra vez volvía a mi mente la pesada responsabilidad de las cargas religiosas, de lo que estaba bien, de lo que era decente, pues conocía con precisión los textos bíblicos que dicen que la homosexualidad no es grata a los ojos de Dios. Y poco después bloqueaba de mi mente los pensamientos malsanos que tanto placer y dolor me producían. La verdad es que mis sentimientos eran muy ambivalentes.

Mi despertar en la sexualidad siempre estuvo cubierto de un sentimiento de culpa, el sexo era malo, la masturbación era un vicio nefando que sin embargo no podía evitar, siempre me escondía de todo para poder masturbarme, lo hacía de forma muy rápida y aunque alcanzaba el orgasmo no eyaculaba, apretaba fuertemente la base de mi pene presionando con fuerza sobre el conducto para evitar que saliera el semen y me ensuciara. Después venía un sentimiento de culpa por haber flaqueado, por haber sido débil, y regresaba a las enseñanzas de mi religión. Quizá por evitar eyacular nunca tuve sueños húmedos, pero si sueños impuros, eran un reflejo de mi lucha interna. Tenía un sueño recurrente, en el que veía a un hombre desnudo correr por la calle hacia la puerta del recinto donde yo estaba, venía hacía mí, un hombre hermoso, con cuerpo angelical, desnudo, pero yo me asustaba de lo que podría pasar y le cerraba la puerta para no dejarlo entrar, respiraba aliviado, caminaba por un pasillo y al pasar por uno de los cuartos veía dos hombres teniendo sexo, entonces yo me acercaba y ellos me recibían, en ese punto despertaba con angustia y culpabilidad.

Así, un día el deseo finalmente me gano y sucumbí ante la tentación, no fue con Josué, fue con alguien más, con un compañero de la pequeña escuela donde estudiaba un curso de serigrafía, con un mundano, como suelen llamar los religiosos a las personas que no profesan su religión. Mi consciencia me impulso a confesar mi pecado ante mis autoridades religiosas. En consecuencia, mi familia y todo mi grupo religioso me rechazaron. Termine alejado de todo eso, me fui de mi pueblo y solo mantenía comunicación con mi madre, era la única de mi familia que aun a escondidas me hablaba, generalmente para saber si estaba bien. Cuando todo eso paso, me sentía aliviado, era como quitarse un enorme peso, ahora yo era libre, libre de ser la persona que realmente era. Sabía que tampoco sería fácil, pero podía explorar mejor mi vida sexual. Lo único que me dolió más, fue que ya no podría volver a ver más a Josué y me resigne a olvidarlo.

Años de estar encerrado en una comunidad religiosa me hicieron una persona insegura y temerosa, cuando tuve que enfrentarme al mundo real para buscar trabajo y vivienda, yo me sentía fuera de mi entorno, mi experiencia era similar a la que tienen los jovencitos cuando llegan a una escuela nueva y no conocen nada de ella ni a nadie, siempre había estado en grupos y ambientes religiosos y fuera de eso no me ubicaba bien, fui aprendiendo poco a poco, aunque hubo quienes se aprovecharon de mi inexperiencia. Pero encontré buenos amigos que me apoyaron cuando se enteraron de las cosas complicadas en mi vida. Seguramente al principio les parecí muy cerrado y provinciano, pero poco a poco fui cambiando mis ideas gracias a la educación universitaria y a que me fui adaptando a un nuevo estilo de vida, en el que era más consciente de las formas de vivir de otras personas. Ahora puedo pasar por alguien maduro y centrado, no soy perfecto, pero soy muy distinto al joven de veinticinco años que estaba temeroso de todo lo que aparecía ante él. Fue un duro proceso, del que salí victorioso después de varios años.

Hace poco, mientras disfrutaba de la compañía con mis amigos en un bar al que siempre vamos, encontré a un hombre que me pareció llamativo, no lo había visto antes ahí, sus grandes ojos negros me llamaron la atención, su figura era agradable, vestía púlcramente, camisa clara, pantalones de vestir, los zapatos perfectamente boleados, la barba bien recortada. Me acerqué a él y poco después tomábamos juntos un trago y más tarde salimos de ahí para disfrutar de una rica sesión de sexo. Era muy ordenado y parecía muy limpio, tenía una forma pausada de desvestirse y de acomodar su ropa para que no se arrugara, sus manos eran cuidadas, me dijo que tenía una actividad académica, pero al momento de tener sexo era todo lo contrario, tenía pasión, desenvolvimiento, sabía conducirme hasta el punto del orgasmo.

Cuando terminamos pude ver que era más atractivo de lo que lo había percibido, y tenía una conversación muy amena. Sin darme cuenta de qué forma la conversación nos llevó a hablar de una región cercana a mi pueblo, le dije que conocía dicho lugar, pero no mencione que yo era originario de una zona cercana. Me contó que su familia vivía ahí, pero que hace tiempo no los visitaba, de pronto se me quedó viendo, le pregunte si estaba bien. Me dijo que de repente se había sentido triste, que quizá si el tiempo alcanzaba otro día me contaba porque se sentía así, lo abrace y le di un beso largo y apasionado, después volvimos a tener sexo. Al terminar, me dijo que le parecía yo conocido de otro lugar, de otro tiempo, le pregunté de dónde y solo me miró fijamente y me dijo que a veces el pasado no es bueno traerlo al presente. Después nos despedimos, él prometió buscarme otra vez pero no lo hizo y tampoco volvió al bar donde lo conocí.

Sé lo que piensan, pero estoy seguro que no era Josué, creo que este hombre es más joven que él, lo recuerdo de aquellos tiempos y cada detalle de su rostro está guardado en mi memoria, la voz es diferente, la complexión es similar, las facciones son parecidas pero no es él y el nombre que me dio es diferente, aunque eso es algo común en este medio. Aunque espere un tiempo, ya no volvió a buscarme, hasta el día de hoy que me contacto. Por la mañana recibí un mensaje de texto, se me hizo raro porque ya no se usan, hoy día todos usan whatsapp y tienen Facebook. Me decía que me quería ver, que tenía algo importante que decirme y me pedía que fuera puntual. Me dijo la hora y el lugar, me recalcó que no faltara. Todo está muy bien salvo por un detalle, la clave lada del teléfono del cual me envió mensaje es de la misma región de donde soy, la misma clave lada con la que mi madre se comunica conmigo. No sabía qué tenía que decirme, solo  nos vimos una noche, no sabía quién era realmente pero las coincidencias eran muchas, era muy parecido a Josué, pero la gente no cambia tanto al grado de volverse irreconocible. Mientras me dirigía a donde me había citado, me preguntaba quién podría ser y que quería decirme.


Cuando llegue a donde me había citado, lo pude ver a lo lejos sentado, la forma en la que lo vi era muy parecida a como recordaba a Josué, aun así me controle y no le pregunte si era él. Inicio contándome que su nombre verdadero era Jonás, que provenía de una familia muy religiosa y que a causa de no vivir en conformidad con las creencias de ellos, ya no lo recibían en su casa. Toda su vida había vivido dentro de la fe religiosa de su familia y ahora que ya no podía regresar a su casa, se sentía muy solo y también culpable porque creía que no estaba viviendo de la manera correcta. En pocas palabras le había ocurrido lo mismo que a mí, años antes. Le brinde mi apoyo y sin hablar de mí mismo le dije que aunque no me creyera, yo conocía alguien que había pasado por lo mismo que él, pero que las situaciones difíciles que enfrentaba tenían solución. Me di cuenta que no era quien yo pensaba, aunque el parecido era asombroso... Entonces me contó que tenía un hermano mayor que pasaba por la misma situación que él, pero que no se atrevía a vivir de manera honesta, sin negarse a sí mismo y que aunque no lo quería admitir, sabía que le ocurría lo mismo. Él seguía dentro de su fe y viviendo de acuerdo a los preceptos de su religión que Jonás ya había perdido. Le pregunte cómo se llamaba y me contesto… Josué.

Anónimo, adaptación Serch Leather





1 de octubre de 2015

Yo infiel



Hablar sobre la infidelidad es un tema complejo, para empezar cada quien tiene un concepto distinto de lo que es la fidelidad y de las formas en las cuales se puede ser infiel, o de cuándo es el momento en el cual “el otro” ha cometido un acto de infidelidad. Pero como todos los temas difíciles, eso es algo de lo cual no hablamos. En el tema de la infidelidad siempre es “el otro” el que ha sido infiel, y sin embargo nunca tenemos la honestidad de reconocer cuando uno es el que ha sido infiel. Basta ver las publicaciones en las redes sociales hablando con decepción y despecho de la infidelidad “del otro”, frases y canciones de desengaño, de amor traicionado, pero jamás se tiene el reconocimiento de lo que uno mismo ha fallado. Lo más cercano es decir que “yo también cometí algunos errores” sin dar más detalles, y con esa expresión de que “errar es de humanos”, todos merecemos una segunda oportunidad. Así descargamos nuestra conciencia, nos excusamos ante todos y trasladamos la culpa del fracaso al otro, nunca a uno mismo.

Cuando era un estudiante de secundaria y prepa tuve algunas novias, había un período de cortejo y en algún momento cuando alguna me gustaba y me sentía afín a su forma de ser elegía un lugar, un momento, un detalle y entonces les peguntaba: “¿quieres ser mi novia?”. Con el “sí” venía un acuerdo implícito de compromisos que nos comprometíamos a seguir, el más importante era que en adelante solo éramos el uno para el otro. Pero las mujeres no eran lo mío. Y me di cuenta que cuando se trata de otro hombre las cosas funcionan diferente. Por lo menos en mi caso jamás hubo una petición de noviazgo de mí hacia otro ó bien que me lo propusieran a mí. Las cosas solo se dieron y en algún momento comenzamos a llevar una relación de pareja, donde van implícitos ciertos acuerdos no escritos, entre ellos el de la fidelidad… y también el de la exclusividad sexual, conceptos diferentes.

“Estoy casado, pero no capado” es un dicho que suelen decir los hombres heterosexuales, pero en una relación homosexual ambos son hombres y tan capaces de hacer algo con otros el uno como el otro, más en este ambiente donde las posibilidades para ello son más fáciles que en una relación heterosexual.  Hace años, cuando vivía en provincia y comenzaba mis andanzas en este medio descubrí un cine porno, tenía poco que lo frecuentaba y en una de esas veces conocí a un hombre que me gustó mucho, tenía el tipo norteño, con el pelo medio quebrado muy corto, alto, bigotón, mirada alegre y una sonrisa varonil que encantaba a cualquiera. Ahí en el cine hicimos lo que podíamos hacer, a los dos nos gustó, salimos juntos y cambiamos teléfonos del trabajo. Lo que vivimos juntos está escrito en este blog, sin darnos cuenta comenzábamos a tener una incipiente relación de pareja que parecía complicada por su situación de casado, esa relación terminó porque yo fui infiel.

Teníamos unos tres meses de andar juntos, durante ese tiempo éramos exclusivos sexualmente hablando, yo no había tenido sexo con alguna otra persona, en él encontraba la satisfacción sexual que buscaba. Él era exclusivo sexualmente conmigo como hombre, porque él era casado y tenía una relación con su esposa la cual era primero que la que tenía conmigo. Por ello no siempre nos podíamos ver, siendo casado no siempre podía salir para vernos. Así que cierto día que salí temprano del trabajo se me ocurrió ir al cine porno donde nos conocimos. Según yo solo iba a ver la película y me quedé recargado cruzando los brazos sobre una barda que separaba el pasillo de las filas de asientos al centro del cine. Ahí alguien se me acercó, y me comenzó a tocar la bragueta, tuve una erección instintiva, el tipo me pidió que nos sentáramos, no se veía mal, y yo lo seguí, nos sentamos en la primera fila, quedando la barda justo a nuestras espaldas.

¿Qué pensaba cuando acepté seguirlo? Nada en especial, aunque no se veía mal realmente no pretendía cambiar la relación que estaba iniciando con el casado, solo iba a ser un encuentro ocasional más parecido a un desahogo fisiológico por la excitación del momento, de lo que pasara no le iba a decir nada al casado y tampoco pretendía buscar alguien más, solo quería tener un orgasmo en ese momento; dentro de mí pensé que no estaba haciendo nada malo. Ahí me sacaron la verga del pantalón, me estuvo masturbando y después se puso a mamarmela. En esto estaba cuando sentí la presencia de alguien que nos miraba fijamente a mis espaldas, voltee a ver y era él, la persona casada con la que estaba saliendo. Un sudor frío me recorrió al verme descubierto, él tenía una expresión de coraje en su cara, no dijo nada y salió del cine.

Yo me levanté del asiento, dejé al otro sin explicación, me acomodé la ropa y salí tras él que ya estaba fuera del cine, llamándolo para que me esperara, sin importar que la gente en la calle nos volteara a ver. Se detuvo y me dijo: “pasaba por aquí y te vi cuando entraste, así que te seguí para ver lo que hacías, y ya sé lo que haces cuando entras aquí, te metes con todos…”. Yo no sabía que decirle, me había descubierto in fraganti, ¿Qué podía decirle?. Entonces él dio por terminada la relación y me dijo: “qué bueno que paso esto, porque ya me estaba clavando contigo y yo amo a mi esposa, estaba comenzando a tener problemas con ella por causa de esto”. Se dio media vuelta y se fue.

Me sentí el ser más despreciable, los días siguientes le llamé por teléfono a su trabajo, lo negaban hasta que un día me contestó y me pidió que no volviera a llamarlo nunca más. Durante mucho tiempo cargue con la culpa del rompimiento, todo iba tan bien y yo era quien le había sido infiel y él me había descubierto…pero eso nunca se lo dije a nadie, nunca tuve el valor de decir que yo le fui infiel, es algo que callé a quienes conocí después cuando me preguntaban por mis relaciones anteriores, siempre les contaba del casado pero decía que habíamos terminado porque él era casado y no quería tener problemas con su familia, nunca les dije que terminamos porque me encontró con otro tipo en un cine cuando fui a que me la mamaran, aunque para mí eso no haya sido nada serio, quizá solo estaba jugando.

Hay dos cosas que con el tiempo aprendí, una es que la fidelidad se valora por un conjunto de compromisos que se establecen de común acuerdo con la otra parte los cuales son mucho más amplios que simplemente la parte sexual, tienen mucho más de amistad, de empatía, compromiso, apoyo, entendimiento, responsabilidad, y que esto puede o no implicar la parte sexual. Hay parejas que son abiertas y muchas de ellas muestran estabilidad de años que puede ser incomprensible para muchos ya que cada quien tiene encuentros sexuales con otras personas a las cuales de entrada les dicen lo mismo que a mí me dijo el casado en otros términos: “tengo pareja, solo quiero pasar un rato agradable contigo, no me puedo comprometer a más”. Cuando la persona acepta sabe de antemano que no puede esperar a más que solo la parte sexual.

Con ello se tiene que, como dice la video del inicio, “podemos concebir una relación fiel en la que se den relaciones extraconyugales y una relación infiel en la que estas no existan”, es decir, se puede ser infiel sin tener sexo con otras personas, cuando los acuerdos de apoyo, entendimiento, empatía, proyectos comunes, confianza, honestidad y otros se rompan, llevando a cada uno a emprender una camino distinto, cada quien por su lado sin hacer partícipe a la pareja de los proyectos que van siendo cada vez más personales y menos de pareja, cuando a una de las partes le interesa vivir de una forma y a la otra parte le interese vivir de otra. La pregunta es: ¿a qué somos fieles cuando somos fieles?.


No hay inocentes ni culpables en un rompimiento, hay responsabilidades compartidas. Durante mucho tiempo cargué con la culpa de haber terminado la relación con el casado por mi infidelidad, pero cuando pasó el tiempo me hice una pregunta: ¿qué hacía él pasando fuera del cine porno?. Él no tenía auto, vivía en una colonia alejada del cine y su trabajo quedaba aún más retirado del cine, de tal forma que para ir de su trabajo a su casa no tenía que pasar por donde estaba el cine porno. Él no podía haber pasado ahí por casualidad… a menos que también hubiera ido al cine a lo mismo que yo había ido. La única diferencia es que yo había entrado minutos antes, y sin embargo, ambos íbamos a lo mismo...

Por: Martín Soloman