Nuestras miradas se cruzaron por primera vez en esa ocasión, y desde ese
momento, no pudimos evitar mirarnos cada vez que nos encontrábamos en los
espacios de ese lugar, dentro de mi había una revolución. Era la reunión
periódica de nuestro grupo religioso en donde acudían todos los pequeños grupos
de todas las localidades de la región. Cuando él me miraba lo hacía de forma
que yo percibía distinta, yo sabía que había algo más que simple simpatía en
esas miradas, pero por mi forma de pensar religiosa de esa época, solo quise
interpretar que su mirada era solamente amistosa, de un joven ejemplar y bueno.
Finalmente nos saludamos, ambos estábamos como voluntarios haciendo el mismo
trabajo en ese gran recinto religioso. Yo tenía veinte años, él era mayor que
yo por unos cinco. Josué era su nombre, entablamos amistad, cada vez que
decíamos algo, adelantábamos la palabra “hermano” como suele usarse dentro de
los grupos religiosos. A partir de entonces, esperaba con ansias la siguiente
reunión, para poder ver a mi amigo Josué. No sé si yo causaba el mismo efecto
en él, pero cada vez que nos veíamos, sus ojos brillaban al verme, cuando nos
veíamos hablábamos de nuestras metas religiosas y nos tomábamos fotos
amistosas, que a mí me permitían pensar
en él, el resto del tiempo.
Crecí dentro de la fe religiosa de mis padres, así fui educado y yo
creía que lo mejor era permanecer en esa tradición, mi mente estaba
completamente influida por las ideas religiosas. Pero dentro de mí, muy dentro,
existía algo que iba en contra de todo lo que dictaban las normas religiosas,
algo que me dolía admitir, que a veces me hacía sufrir, pero también algo que a
veces me permitía hacer volar mi imaginación y pensar en un mundo diferente,
una vida diferente y mientras estaba en ese estado de ensoñación, también era
feliz, porque en ese sueño, la relación con mi recién conocido amigo Josué, no
era solo de amistad, sino de placer. Pero de pronto la voz de alguien de mi
familia me hacía volver a la realidad. Y minutos después me sentía culpable.
Otra vez volvía a mi mente la pesada responsabilidad de las cargas religiosas,
de lo que estaba bien, de lo que era decente, pues conocía con precisión los textos
bíblicos que dicen que la homosexualidad no es grata a los ojos de Dios. Y poco
después bloqueaba de mi mente los pensamientos malsanos que tanto placer y
dolor me producían. La verdad es que mis sentimientos eran muy ambivalentes.
Mi despertar en la sexualidad siempre estuvo cubierto de un sentimiento
de culpa, el sexo era malo, la masturbación era un vicio nefando que sin
embargo no podía evitar, siempre me escondía de todo para poder masturbarme, lo
hacía de forma muy rápida y aunque alcanzaba el orgasmo no eyaculaba, apretaba
fuertemente la base de mi pene presionando con fuerza sobre el conducto para
evitar que saliera el semen y me ensuciara. Después venía un sentimiento de
culpa por haber flaqueado, por haber sido débil, y regresaba a las enseñanzas
de mi religión. Quizá por evitar eyacular nunca tuve sueños húmedos, pero si
sueños impuros, eran un reflejo de mi lucha interna. Tenía un sueño recurrente,
en el que veía a un hombre desnudo correr por la calle hacia la puerta del
recinto donde yo estaba, venía hacía mí, un hombre hermoso, con cuerpo
angelical, desnudo, pero yo me asustaba de lo que podría pasar y le cerraba la
puerta para no dejarlo entrar, respiraba aliviado, caminaba por un pasillo y al
pasar por uno de los cuartos veía dos hombres teniendo sexo, entonces yo me
acercaba y ellos me recibían, en ese punto despertaba con angustia y
culpabilidad.
Así, un día el deseo finalmente me gano y sucumbí ante la tentación, no
fue con Josué, fue con alguien más, con un compañero de la pequeña escuela
donde estudiaba un curso de serigrafía, con un mundano, como suelen llamar los
religiosos a las personas que no profesan su religión. Mi consciencia me
impulso a confesar mi pecado ante mis autoridades religiosas. En consecuencia,
mi familia y todo mi grupo religioso me rechazaron. Termine alejado de todo
eso, me fui de mi pueblo y solo mantenía comunicación con mi madre, era la
única de mi familia que aun a escondidas me hablaba, generalmente para saber si
estaba bien. Cuando todo eso paso, me sentía aliviado, era como quitarse un
enorme peso, ahora yo era libre, libre de ser la persona que realmente era.
Sabía que tampoco sería fácil, pero podía explorar mejor mi vida sexual. Lo
único que me dolió más, fue que ya no podría volver a ver más a Josué y me
resigne a olvidarlo.
Años de estar encerrado en una comunidad religiosa me hicieron una
persona insegura y temerosa, cuando tuve que enfrentarme al mundo real para
buscar trabajo y vivienda, yo me sentía fuera de mi entorno, mi experiencia era
similar a la que tienen los jovencitos cuando llegan a una escuela nueva y no
conocen nada de ella ni a nadie, siempre había estado en grupos y ambientes
religiosos y fuera de eso no me ubicaba bien, fui aprendiendo poco a poco,
aunque hubo quienes se aprovecharon de mi inexperiencia. Pero encontré buenos
amigos que me apoyaron cuando se enteraron de las cosas complicadas en mi vida.
Seguramente al principio les parecí muy cerrado y provinciano, pero poco a poco
fui cambiando mis ideas gracias a la educación universitaria y a que me fui
adaptando a un nuevo estilo de vida, en el que era más consciente de las formas
de vivir de otras personas. Ahora puedo pasar por alguien maduro y centrado, no
soy perfecto, pero soy muy distinto al joven de veinticinco años que estaba
temeroso de todo lo que aparecía ante él. Fue un duro proceso, del que salí
victorioso después de varios años.
Hace poco, mientras disfrutaba de la compañía con mis amigos en un bar
al que siempre vamos, encontré a un hombre que me pareció llamativo, no lo
había visto antes ahí, sus grandes ojos negros me llamaron la atención, su
figura era agradable, vestía púlcramente, camisa clara, pantalones de vestir,
los zapatos perfectamente boleados, la barba bien recortada. Me acerqué a él y
poco después tomábamos juntos un trago y más tarde salimos de ahí para
disfrutar de una rica sesión de sexo. Era muy ordenado y parecía muy limpio,
tenía una forma pausada de desvestirse y de acomodar su ropa para que no se
arrugara, sus manos eran cuidadas, me dijo que tenía una actividad académica,
pero al momento de tener sexo era todo lo contrario, tenía pasión,
desenvolvimiento, sabía conducirme hasta el punto del orgasmo.
Cuando terminamos pude ver que era más atractivo de lo que lo había
percibido, y tenía una conversación muy amena. Sin darme cuenta de qué forma la
conversación nos llevó a hablar de una región cercana a mi pueblo, le dije que
conocía dicho lugar, pero no mencione que yo era originario de una zona
cercana. Me contó que su familia vivía ahí, pero que hace tiempo no los
visitaba, de pronto se me quedó viendo, le pregunte si estaba bien. Me dijo que
de repente se había sentido triste, que quizá si el tiempo alcanzaba otro día
me contaba porque se sentía así, lo abrace y le di un beso largo y apasionado,
después volvimos a tener sexo. Al terminar, me dijo que le parecía yo conocido
de otro lugar, de otro tiempo, le pregunté de dónde y solo me miró fijamente y
me dijo que a veces el pasado no es bueno traerlo al presente. Después nos
despedimos, él prometió buscarme otra vez pero no lo hizo y tampoco volvió al
bar donde lo conocí.
Sé lo que piensan, pero estoy seguro que no era Josué, creo que este
hombre es más joven que él, lo recuerdo de aquellos tiempos y cada detalle de
su rostro está guardado en mi memoria, la voz es diferente, la complexión es
similar, las facciones son parecidas pero no es él y el nombre que me dio es
diferente, aunque eso es algo común en este medio. Aunque espere un tiempo, ya
no volvió a buscarme, hasta el día de hoy que me contacto. Por la mañana recibí
un mensaje de texto, se me hizo raro porque ya no se usan, hoy día todos usan
whatsapp y tienen Facebook. Me decía que me quería ver, que tenía algo
importante que decirme y me pedía que fuera puntual. Me dijo la hora y el
lugar, me recalcó que no faltara. Todo está muy bien salvo por un detalle, la
clave lada del teléfono del cual me envió mensaje es de la misma región de
donde soy, la misma clave lada con la que mi madre se comunica conmigo. No
sabía qué tenía que decirme, solo nos
vimos una noche, no sabía quién era realmente pero las coincidencias eran muchas,
era muy parecido a Josué, pero la gente no cambia tanto al grado de volverse
irreconocible. Mientras me dirigía a donde me había citado, me preguntaba quién
podría ser y que quería decirme.
Cuando llegue a donde me había citado, lo pude ver a lo lejos sentado,
la forma en la que lo vi era muy parecida a como recordaba a Josué, aun así me
controle y no le pregunte si era él. Inicio contándome que su nombre verdadero
era Jonás, que provenía de una familia muy religiosa y que a causa de no vivir
en conformidad con las creencias de ellos, ya no lo recibían en su casa. Toda
su vida había vivido dentro de la fe religiosa de su familia y ahora que ya no
podía regresar a su casa, se sentía muy solo y también culpable porque creía
que no estaba viviendo de la manera correcta. En pocas palabras le había
ocurrido lo mismo que a mí, años antes. Le brinde mi apoyo y sin hablar de mí
mismo le dije que aunque no me creyera, yo conocía alguien que había pasado por
lo mismo que él, pero que las situaciones difíciles que enfrentaba tenían
solución. Me di cuenta que no era quien yo pensaba, aunque el parecido era
asombroso... Entonces me contó que tenía un hermano mayor que pasaba por la
misma situación que él, pero que no se atrevía a vivir de manera honesta, sin
negarse a sí mismo y que aunque no lo quería admitir, sabía que le ocurría lo
mismo. Él seguía dentro de su fe y viviendo de acuerdo a los preceptos de su
religión que Jonás ya había perdido. Le pregunte cómo se llamaba y me contesto…
Josué.
Anónimo, adaptación Serch Leather

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