30 de octubre de 2013

Juan quería morir...


Creo que te comienzas a dar cuenta de que estas envejeciendo cuando las personas que más conoces son las que ya han muerto, y dejas de compartir cosas con las personas que están vivas y que te rodean. La muerte tiene un significado diferente para cada uno de nosotros, dependiendo de cómo sea cuando nos enfrentamos a ella en el transcurso de nuestra vida. La primera vez que supe de cerca esto fue cuando estaba en la primaria, un compañero de mi grupo había muerto ahogado durante el fin de semana cuando su familia visitó una laguna, no sabía nadar y la canoa donde estaban se había volcado. No había una amistad, así que asistí al funeral por ser compañeros de grupo, para mi solo fue dejar de verlo, al igual que cuando terminamos la primaria y dejé de ver a muchos de mis compañeros. El tiempo fue pasando y la muerte se fue haciendo presente en diferentes etapas de mi vida, acercándose cada vez más hasta que me tocó de forma personal en personas de mi familia. Dicen que la muerte se siente, dicen que los perros aúllan cerca cuando alguien va a morir, dicen que hay objetos que se caen sin que nadie los toque, dicen que se oyen ruidos de objetos que se rompen sin que haya nada, dicen que quien va a morir hace cosas que nunca antes había hecho, diferentes a su rutina. Quizás algo de cada una de estas cosas me hayan pasado, quizá solo las he imaginado.

Juan quería morir. No es solo porque me lo haya dicho, sino porque yo lo vi cómo es que fue perdiendo las ganas por todo aquello que va haciendo la vida día con día. Meses antes de su muerte les había dicho a sus hijos que cuando él muriera quería que lo cremaran, su esposa decía que no, que tenía que ser sepultado porque así decía Dios que tenía que ser para poder resucitar en el juicio final. Pero él decía que estaba acostumbrado a ser libre, a ir de un lado a otro, porque siempre le había gustado andar de pata de perro y que no iba a aguantar estar encerrado en una tumba, que si lo cremaban entonces iba a ser libre para andar por todos lados. En todo caso nadie pensaba que pudiera morir, aún era joven, sus hijos eran adolescentes, tenía buena salud, pero fue perdiendo las ganas de vivir. Hacía más de un año que ya no eramos pareja, pero nos seguíamos viendo, como amigos, él sabía que yo ya tenía otra persona en mi vida, alguien que se había decidido a compartir su vida conmigo, mientras que Juan, por el hecho de ser casado, nunca se había decidido a hacer. Fuimos pareja durante seis años de los cuales solo nos veíamos por ratos, una o dos horas al salir del trabajo, para después cada quien volver a su vida “normal”. Hasta que llegó un momento en que decidimos que no podíamos llegar a nada más y entonces terminamos la relación de pareja, pero quedamos como buenos amigos. Mientras fuimos pareja rentamos un cuarto en donde nos veíamos, le decíamos “la madriguera”, era nuestro refugio. Sin embargo, en todo ese tiempo solo una vez se quedó a dormir conmigo, yo quería más con él, supongo que presione demasiado y decidimos terminar.

Juan conoció a mi pareja, sin que este lo supiera, le platicaba lo que pensábamos, lo que él me decía, los planes que teníamos, y entonces supo que ya no había forma de volver a estar juntos. Durante más de un año fue cayendo en una espiral sin fondo, haciendo todo lo que en seis años no se había decidido a hacer. Conoció a otro hombre y se iba a quedar con él los fines de semana, en su casa confesó su preferencia sexual a su esposa y a sus hijos, todos le dieron la espalda, fue un apestado en su propia casa. Juan me dijo de mi pareja “ese cabrón te quiere”, era su forma de aceptarme y aceptar al otro. Por alguna razón durante esos seis años coleccionábamos conejos, en peluche, cerámica. Cierta vez llegó con un regalo para mi, pero no era un conejo, era un perrito de peluche, me extrañó, siempre eran conejos, le pregunté pero no dijo nada. Platicamos un rato y luego se fue, en medio de la noche, la avenida por donde se fue estaba cubierta de árboles, me pareció que la noche era más oscura que otras veces, soplaba un viento frío que hacía que los arboles susurraran, las hojas caían. Fue la última vez que lo vi. Días después murió.

La muerte cambia el rostro de las personas, dicen que algunos rejuvenecen, otros parecen dormidos. Juan tenía en su rostro una expresión de sufrimiento. Fue cremado, como había sido su voluntad. La causa de su muerte fue un derrame cerebral. Aunque dentro de mi pienso que todos contribuimos a su muerte, es como si cada uno de nosotros cargara con una parte de la culpa por su muerte. Y entonces me dolió su ausencia, creando una vacío en alguna parte de mi sentir. Quería verlo en la esquina de la calle donde casi siempre me esperaba, pero él ya no estaría ahí nunca. Quería verlo para hablarle, para decirle muchas cosas que me había faltado decirle, por orgullo, por soberbia, pero ya nunca iba a escuchar lo que tenía que decirle. Solamente en sueños, aunque cada vez tardo más tiempo en soñarlo, siempre tengo un sueño recurrente con él. Siempre sueño que lo veo y que está vivo, y entonces le preguntó que donde ha estado todo este tiempo, que a mi me dijeron que él estaba muerto, y él solo se sonríe y me dice que no es así, que solo me quiso dejar solo un tiempo y no quiso que yo supiera nada de él, pero que ahí esta; en mi sueño yo le reclamo que por qué nunca me habló por teléfono, pero él no me da explicaciones, solo me mira, se sonríe y me pregunta cómo he estado y después hablamos de otras cosas que no recuerdo al despertar. Han pasado muchos años, la muerte ha estado presente en estos años, y nunca esta uno preparado, durante este tiempo ha habido también nacimientos, y también partidas. La muerte nos recuerda lo que es la vida, y la vida es sueño.

Ya se va para los cielos
ese querido angelito
a rogar por sus abuelos
por sus padres y hermanitos.
Cuando se muere la carne
el alma busca su sitio
adentro de una amapola
o dentro de un pajarito.
La tierra lo está esperando
con su corazón abierto
por eso es que el angelito
parece que está despierto.
Cuando se muere la carne
el alma busca su centro
en el brillo de una rosa
o de un pececito nuevo.
En su cunita de tierra
lo arrullará una campana
mientras la lluvia le limpia
su carita en la mañana.
Cuando se muere la carne
el alma busca su diana
en el misterio del mundo
que le ha abierto su ventana.
Las mariposas alegres
de ver el bello angelito
alrededor de su cuna
le caminan despacito.
Cuando se muere la carne
el alma va derechito
a saludar a la luna
y de paso al lucerito.
Adónde se fue su gracia
y a dónde fue su dulzura
porque se cae su cuerpo
como la fruta madura.
Cuando se muere la carne
el alma busca en la altura
la explicación de su vida
cortada con tal premura,
la explicación de su muerte
prisionera en una tumba.
Cuando se muere la carne
el alma se queda oscura.

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