Cuando te conocí, estaba muy emocionado contigo, quizá eso le ocurre a
todo mundo cuando inicia una relación, tu forma de ser, tu aspecto físico me
atraían mucho, pero sobre todo me gustaba mucho tu sencillez, eras un hombre que estaba satisfecho con las
cosas esenciales, no estaba interesado en lujos ni en demostrar algo que no
era, tu forma de ser me parecía muy autentica, cuando no sabías algo,
simplemente lo reconocías y permanecías en silencio, mientras me decías lo
inteligente que te parecía yo, porque sabía del tema. Pero después algo paso,
aun a veces no entiendo si tú realmente eras de otro modo y yo no me di cuenta
o con el tiempo cambiaste.
Habíamos tomado bebidas alcohólicas muchas veces, antes, cuando nos veíamos
en hoteles, pero no fue sino hasta que tuvimos un departamento donde fue la
primera borrachera seria. Al principio las bebidas saben bien, la cerveza fría,
el tequila con hielo, sal y limón, una noche bohemia escuchando música, viendo
tv, la noche avanzaba. En algún momento algo comenzó a cambiar sin darme
cuenta, era ya muy noche, yo tenía sueño y me sentía muy tomado, te dije que
era hora de descansar pero tú querías seguir tomando, dijiste que no tenías
sueño, y algo en ti iba siendo diferente. Serían las tres de la mañana cuando
te pusiste de malas porque yo no te quería dejar seguir tomando, comenzaste a
vestirte y me dijiste que se iba te ibas a ir a tu casa. Vivíamos por un rumbo
peligroso, no había ningún transporte a esa hora, no podía dejar que te fueras
en esas condiciones, traté de sujetarte pero tú me hacías a un lado de la
puerta, querías salir a como diera lugar, yo no sabía qué hacer, estuvimos
jaloneando así un buen rato, por momentos regresabas a la mesa a servirte otro
tequila que tomabas de un golpe para regresar a la puerta para salirte del
departamento. Iba amaneciendo cuando por fin te sentaste en un sofá a dormitar
pero aún con la mirada puesta en la puerta. Comenzaste a roncar, como pude te
llevé a la cama, intenté desvestirte pero no pude, cerré con llave la puerta
del departamento para que no salieras sin darme cuenta y me quede en el sofá,
cuidando que no fueras a salir. Quizá dormí unas tres horas esa noche, yo tenía
cosas que hacer, no podía dormir hasta tarde y tuve que levantarme para atender
mis responsabilidades, tú en cambio despertaste como a la una de la tarde, para
ti nada había pasado, “no me acuerdo qué pasó” fue lo que dijiste, nunca
imagine que tu comportamiento de esa noche se repetiría, muy seguido los
siguientes años que vivimos juntos.
Paso el tiempo, fue durante unas vacaciones, el lugar era Cancún. A
veces salíamos por la noche a algún antro, pero esa noche en particular no
salimos, nos quedamos en uno de los bares del hotel. Tú tomabas más que yo y ya
era muy tarde, pedíamos bebidas dobles y las subíamos al cuarto, y luego
bajábamos al bar por más y volvíamos a hacerlo, para tener bebida una vez que
hubieran cerrado el bar. Después nos subimos a la habitación, estábamos
platicando de cualquier cosa, nos abrazábamos, nos besábamos, y todo lo demás.
Tú seguías tomando, te dije que ya era muy tarde, que debíamos dormir, quizá
serían las cuatro de la mañana, las bebidas en el cuarto se habían acabado,
querías seguir tomando más y te vestiste para bajar al bar, te dije que ya lo
debían haber cerrado pero no me hiciste caso y quisiste salir solo, ya estabas
demasiado ebrio, tus pasos eran zigzagueantes, la mirada vidriosa, no podía
dejarte bajar solo, me vestí lo más rápido que pude ya que no me esperaste y
saliste entre quejas de que yo no te comprendía.
Te alcance en el pasillo, el elevador no llegaba y tomaste las
escaleras, más de una vez tropezaste cuando te dirigías al bar, el hotel a esa
hora estaba vacío y en silencio. El bar estaba cerrado, no había nadie más que
el personal del lobby, acostumbrado a ver borrachos no nos dijeron nada, tú
seguías deambulando de un lado a otro del hotel buscando alcohol, yo te iba
cuidando y pidiéndote que volviéramos al cuarto, que ya todo estaba cerrado y
que podías caerte y lastimarte o en el peor de los caso chocar contra algún
vidrio. Pero no me hacías caso, entre más te insistía más me rechazabas, ibas
delante de mí y a veces te detenías y me empujabas diciéndome que te dejara
solo, que ya estabas harto que te estuviera siguiendo. Yo no podía dejarte
solo, los minutos pasaban, subías pisos y bajabas, salías al área de albercas y
volvías al bar, luego al elevador.
Al entrar tras de ti al elevador me miraste por un momento, con la
mirada llena de rencor y entonces vi tus ojos rojos y fríos y me dijiste con
una voz que te salía del fondo de tus sentimientos, diciéndome en voz alta:
“¡Te odio!”. ¿Por qué alguien que es mi
pareja y al que solo cuidaba me odiaba? Y ese sentimiento de odio habría de
repetirse en cada una de las borracheras que siguieron. Esa vez eran cerca de las seis de la mañana
cuando por fin te dirigiste al cuarto y te tiraste a lo largo de la cama,
vestido. Inmediatamente comenzaste a roncar, yo no podía dormir, no podía ni
siquiera moverte para acostarme un rato. Me quede ahí viéndote y repasando lo
que había sucedido, tratando de entender el motivo de tu odio hacia mí siendo
yo tu pareja. Ver un amanecer en Cancún es algo que siempre había querido ver,
pero en esa circunstancia es algo que tenía un sabor amargo.
Pronto lo entendí, si tú no ibas a dormir, entonces, yo tampoco podía
hacerlo. En ocasiones te pedía que me dejaras dormir porque al día siguiente
debía manejar para ir a algún lugar por un compromiso previo, tú me decías que
sí me ibas a dejar dormir, yo me subía al cuarto e intentaba dormir, mientras,
abajo en la sala tú seguías tomando, luego subías al cuarto y entonces te
acostabas, luego dabas de vueltas en la cama por todos lados, te ponías con los
pies en las almohadas y la cabeza al revés, luego subías los pies a la pared,
te levantabas, ibas a servirte más tequila, yo te pedía que me dejaras dormir
pues al día siguiente debía manejar pero tú no tenías sueño, encendías la TV,
la pagabas, subías al cuarto, volvías a hacer lo mismo, salías, azotabas la
puerta y cuando finalmente te ganaba el sueño ya eran las siete de la mañana,
yo no había dormido toda la noche y entonces debía levantarme, hacer mis cosas
y tomar el coche para manejar una hora. Dos cafiaspirinas y un redbull no me
eran suficientes para evitar ir dormitando en la carretera, muchas veces te
dije del riesgo de quedarme dormido mientras manejaba, pero solo repetías “No
tengo sueño, ¿qué quieres que haga?”.
La persona de la que me había enamorado, desapareció, pero yo aún me resistía
a reconocerlo. Hubo un gran cambio en ti, en todo lo que dije al principio,
dejaste de ser el hombre sencillo, dejaste de interesarte por lo que a mí me
gustaba, entre otras cosas, pero lo que más me dolía, eran los sentimientos que
había detrás de esa costumbre tuya de no dejarme dormir bien, cada noche que
pasábamos juntos, tenía que ser de borrachera, y no parecía importarte que si
no descansaba lo suficiente pondría en peligro mi integridad física al día
siguiente. Para ti solo importaba la diversión, el que únicamente viviéramos
para pasar el rato, repetías con frecuencia “yo estoy vivo, quiero divertirme”,
lo que yo sintiera y sufriera, no parecía importante en tu agenda de
actividades. Y siempre al siguiente día, te comportabas como si nada hubiese
pasado, haciendo algunas cosas que eran útiles para mí, creías que ya no era
necesario ni disculparte ni que yo estuviera diciéndote nada de reclamos. Aun
no sé cómo pude acostumbrarme a una vida así contigo. Yo estaba confundido,
porque de que otra manera podía creer que alguien como tú, con esas actitudes
me estaba demostrando amor. Cuando se ama a alguien, se le trata con respeto y
se busca su bienestar.
Dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, pero para
los borrachos, decir la verdad es su forma de decir lo que sin alcohol no
podrían decir, y esa verdad nos hiere, nos lastima. No hay inocentes ni
culpables, cada quien tiene sus razones, sus motivos para amar, o para odiar. Y
esos motivos solo quienes sienten los conocen. Lo que aquí se escribe en el
blog es apenas un acercamiento a esos
eventos que nos conducen hasta donde hoy estamos. No soy inocente, también yo
cometí errores, muchos, tú los conoces, pero las razones por las que estamos en
esta situación nos responsabilizan a ambos, y no es como tú pretendes,
presentarte como inocente o víctima. Todos somos egoístas, y aun cuando vivimos
en pareja y nos tenemos amor, el hecho es que cada uno busca algo en el otro
que cuando ya no lo encuentra vuelve el amor en odio, un odio que puede
expresarse de muchas formas, una de ellas, la más recurrente en este caso era
simplemente no dejar dormir al otro, y que le haga como pueda, un odio que me
lo habías dicho desde Cancún y que ahora ibas disfrazando en la frase “No tengo
sueño, ¿qué quieres que haga?”.
Epílogo:
- ¿Qué buscas?
- Un vaso…
- Aquí hay uno -. Te digo
mientras con tu mirada buscas algo
- ¿Y el whisky?
- Ya no hay, se acabó
Entonces arrojas el vaso contra la ventana y te das media vuelta
diciendo entre dientes “para eso me gustabas” y te diriges a la escalera que da
a los cuartos, al tercer escalón te detienes y me gritas por mi nombre, volteo
a verte y me apuntas simulando con tu mano una pistola, tus ojos están rojos de
rencor y haces el sonido de un disparo: “¡bang!”.
Por: Martín Soloman
1 comentario:
Hola martin,es triste ver que el alcohol destrulle tanto la vida como el amor si de por si es dificil el mantenerlo vivo , y el estar dnamorados no nos permite ver la realidad mas si se trata de nuestras parejas pensamos que solo una ves y ya pero aquel que hace algo una ves por siempre lo seguira repitiendo el destino te muestra quien es ese amor, pero el amor lo oculta y no permite razonar. aquel que depende del alcohol todo lo que toque lo destruira.
Publicar un comentario