8 de junio de 2017

Y la respuesta era...

Y la respuesta era
Por: Gabo Ortíz

Busca siempre una luz
entre tanta oscuridad
que te ayude a alcanzar
una estrella en la inmensidad...
Busca siempre tu paz
en un bosque de eternidad
entre la tempestad
que marcó mi partida fugaz... (Un nuevo camino, fortaleza)

Tras esa pregunta, el “¿No te has arrepentido?” y su inesperada respuesta de que, al contrario, estaba más seguro que nunca, nuestras vidas dieron un rápido e inesperado giro, nuestro noviazgo empezó ese mismo día y, para mi sorpresa, también el vivir juntos ya que, si bien durante el día Osmar iba a su casa y a la universidad, cada tarde, a las 6 o 7, llegaba conmigo, preparaba algo de cenar para los dos y platicábamos de los temas más diversos aunque su costumbre de cada noche de poner las almohadas siguió presentándose durante un mes, mismo que yo aproveché para conocerlo mejor, era un joven detallista, risueño, inocente que había dejado que su familia eligiera su carrera por él, una ingeniería que, si bien le gustaba, no lo satisfacía del todo ya que su sueño siempre había sido estudiar derecho pero, dado que su padre era quién le pagaba la carrera, no le dio otra opción, tenía que ser lo que él quería si quería seguir contando con su apoyo.

Durante ese corto lapso de tiempo, se presentaron dos problemas, el primero, tanto el supuesto modelo por el que accidentalmente lo conocí como el anfitrión de la fiesta nos estuvieron molestando por celular, furiosos de nuestra incipiente relación aunque se solucionó fácilmente al ignorar los mensajes hasta que estos desaparecieron, el otro, mucho más fuerte fue que yo, por un problema de papeles ya no pude conseguir otro trabajo y, viendo el final de mis vacaciones, me vi forzado a volver a mi pueblo pero, curiosamente, eso, en lugar de separarnos, nos unió aún más como pareja ya que, cada fin de semana, ahorrando y con dificultades, seguimos nuestros encuentros sin faltar un solo día a ellos, conoció a mi familia, yo conocí a la suya, me abrió los ojos sobre las supuestas amistades que yo tenía en mi pueblo e incluso, en un movimiento inesperado aunque un poco impulsado por mí, se enfrentó a sus padres y admitió que quería estudiar derecho en la misma universidad en la que yo daba clases y, aunque su padre le negó el apoyo, él se puso terco y, en septiembre, se vino a vivir conmigo, en la casa de mi familia y a cumplir su sueño con el apoyo de su mamá y el mío, lo que parecía la vida y la pareja perfecta salvo por un detalle, ¡¡Llevábamos medio año y seguíamos sin tener relaciones!!

De principio, eso me atrajo de él pero, ya posteriormente, no se me hizo normal que lo evadiera, teníamos contacto, besábamos, fajábamos, me encantaba verlo desnudo a cada oportunidad que me daba pero, fuera de una masturbación mutua y un par de veces que me dejó hacerle sexo oral, no había penetración alguna y lo peor fue que era hablar del tema, de la posibilidad y él se enojaba, me decía que sólo eso me interesaba, que no me fijaba en los sentimientos y que, si no estaba satisfecho con ello, buscara a otra persona, discusiones que nos dejaban a ambos dolidos y con posterior arrepentimiento pero que seguían apareciendo cada vez con más frecuencia hasta que, finalmente, a dos días de cumplir un año de relación todo explotó…

Era un día normal en la escuela, él a sus clases como alumno, yo a las mías como profesor, en los recesos nos veíamos, desayunábamos juntos, fumábamos un cigarro, hablábamos del día y nos hacíamos compañía pero, ese día, algo pasó, él salió antes que yo de la escuela y se fue al centro del pueblo a comprar cosas que necesitaba, libros, lapiceros y eso pero, cuando lo fui a alcanzar para regresar a la casa juntos como siempre, lo noté extraño, distante, malhumorado, en todo el camino apenas cruzamos palabra y, en cuanto llegó, para mi sorpresa, siendo un martes, empezó a hacer su maleta, le pregunté qué pasaba y se negaba a decirlo hasta que al fin, tras negarme a dejarlo ir sin decírmelo, me confesó que se había encontrado con uno de mis supuestos “amigos” de antes y este le había dicho uno y mil chismes de mí, que si me había visto con no sé quién y con no sé cuál, que si yo le ponía los cuernos desde el primer día que empezamos a salir, tontería y media, comencé a cuestionarlo, le pregunté si realmente creía que yo era así, hice pedazos cada mentira con argumentos, siempre estábamos juntos, las 24 horas del día, si le era infiel, por qué le seguía pidiendo tener relaciones a cada mínima oportunidad, detalles así pero, de cualquier forma, él insistió en irse y ya no pude detenerlo, me dio mi regalo de aniversario, un conejo de peluche que me había encantado unos días antes y que me compró a escondidas y, tras darle las gracias a mi familia, se fue, llorando mientras yo me esforzaba por mantenerme frío para evitar detenerlo.

Dos días después y aún con la tristeza de haber roto, recibí una llamada de su mamá, que él estaba muy mal desde que había vuelto, no le quiso contar que había pasado pero lo que sí le dijo es que iba a abandonar la carrera e iba a buscar algún trabajo de obrero para no darles más molestias y, aunque la señora, una mujer siempre muy amable me pidió explicaciones, no pude darle ninguna así que, en cuanto colgué con ella, le marqué a él, furioso, quería saber a qué rayos jugaba, por qué lastimaba de esa manera a su madre, por qué se atrevía a dejar su sueño a un lado, ya sabiendo que ya no estábamos juntos, le hice todas las preguntas que, por miedo a perderlo, no le había hecho antes y, aunque me colgó en dos ocasiones, más veces le marqué yo hasta que al fin, me dijo que al día siguiente fuera a verlo a Pachuca, que ahí me explicaría todo, sin dejar nada fuera así que, con dudas, avisé en casa y, saliendo del trabajo, me fui a verlo.

Fue una de las conversaciones más difíciles que he tenido en la vida, su verdad, el motivo de su miedo a tener sexo fue muy duro y difícil de comprender para mí, yo no lo sabía pero, cuando nos conocimos esa primera vez hacía varios años y de la cual él aún seguía sin acordarse, Osmar, mi Osmar, acababa de salir del centro tutelar de menores, acusado de homicidio, su estadía en la cárcel lo había hecho reprimido, con miedo al sexo y a socializar con casi ninguna persona fuera del contacto común pero, eso no era todo, antes de mí, había habido otra persona, otra pareja que, aprovechándose de esa timidez, de ese miedo, lo había golpeado, humillado, hecho menos y, en más de una ocasión, incluso había abusado de él, por eso su rechazo extremo al sexo y también por eso su decisión de terminar conmigo, porque sentía que no me estaba completando como, según él, yo merecía.

Mis dudas fueron grandes al saber todo eso, se negó a decirme en ese momento si era culpable o inocente de lo que le habían acusado, me dijo que, si en verdad lo quería, tenía que decidir en ese instante si podía aceptarlo con esa historia y SIN tener sexo jamás ni volver a pedírselo porque no se sentía capaz de hacerlo, no lo niego, dudé varios minutos pero su mirada, la misma mirada llena de tristeza que tanto me había llamado la atención cuando lo conocí, que tanto me había enamorado durante ese año me convenció de que nada había cambiado en él, de que él era la persona a la que yo amaba y de que no quería separarme de él.

Esa noche, nos quedamos en un hotel, hablamos de todo, se tomaron decisiones, se hicieron confesiones, se abrió nuestro corazón y la madrugada nos sorprendió abrazados en como uno solo, no hubo sexo, hicimos, por primera vez, con besos y caricias, el amor, recorrimos cada centímetro de piel con nuestros labios, nos hicimos promesas al oído, admiramos nuestra desnudez, nos tocamos una y otra vez hasta llegar al orgasmo, no hubo necesidad de penetración de parte de ninguno de los dos, no hacía falta para hacernos felices…

Esta vida duró 4 años y 10 meses, mi Osmar, con el tiempo, me dio la libertad de tener intercambios sexuales con otras personas para que no lo extrañara aunque, noche a noche, seguimos haciendo el amor y a cada mañana, tras besarlo por los buenos días, siempre le hacía la misma pregunta “¿Aún no te has arrepentido?”, su respuesta siempre fue la misma, “No”…

Finalmente y como todo, la relación acabó, nos dimos cuenta de que teníamos metas distintas, yo era alguien muy liberal que soñaba con caminar de la mano con mi pareja, con él, en donde fuera, en cambio él siempre fue de la idea de esconderse, de que nadie, ni su familia siquiera, debía saber de nosotros, sus deseos de ser padre, de volver a Pachuca, problemas económicos, de salud, todo fue minando la relación hasta que, un día, por mensaje, simplemente me dijo, “quiero terminar contigo” y, aunque me dolió, entendí que, en realidad, ya no había nada qué terminar, ya no había nada que rescatar y preferí que fuera así, sin pleitos, sin reclamos ni nada, por el contrario, nos vimos ese fin de semana otra vez, nos tomamos una botella en un hotel, nos abrazamos y nos agradecimos por la experiencia compartida, no hubo secretos entre nosotros nunca y no fue la excepción, al día siguiente, nos separamos en la terminal de autobuses, llorando pero felices de lo que vivimos y, con el tiempo, tras dejar que las heridas sanaran, continuamos con la amistad aún hasta hoy en día, nos vemos de vez en cuando, fumamos un cigarro juntos, tomamos una cerveza en el lugar de siempre, nos hablamos de los planes a futuro, de nuestras respectivas parejas, caminamos por el campo y admitimos lo mucho que nos queremos aún, la pregunta ya surge de ambas partes: “¿No te arrepientes de haberme conocido?”  “No…”

 Por: Gabo Ortíz



No hay comentarios: