Historias de homofobia
Mi Tía
Me gusta recordar a mi tía como era en mi infancia, cuando parecía que
la vida era fácil, que todo era bueno, cuando ella aún sonreía, cuando le
gustaba bailar rock & roll y música disco, cuando la veía vestir pantalones
acampanados y vestidos estampados con flores, cuando usaba el pelo largo
arreglado de mil formas, cuando usaba maquillaje y se pintaba los labios, hoy
ya no es más así, supongo que la vida nos cambia y nos hace ir perdiendo cosas
de las cuales no nos damos cuenta, hasta que el peso de los años se nos viene
encima.
Conozco la CDMX desde que era niño ya que en aquel tiempo mi tia
trabajaba y vivía allá, en la Colonia Santa María la Rivera, muy cerca de la
Alameda de Santa María. Las primeras veces que fui estaba en la primaria y me
llevaban a visitarla, ella vivía sola en un cuarto de servicio que había sido
acondicionado para renta en un viejo edificio de departamentos. Lo bueno de
aquellos departamentos es que los espacios eran muy grandes en comparación con
los actuales de 50 m2. El cuarto de servicio era muy grande, con un closet
empotrado, en el cuarto cabía una cama, un sillón, una mesa, lo necesario para
vivir cómodamente, y ahí visitaba a la tía. Cuando eran vacaciones la tía venía
al pueblo y me llevaba a conocer la CDMX.
Mi tía era una mujer joven y bonita, pero era muy solitaria por una mala
experiencia que había sufrido, según decían otros familiares. No tenía hijos,
así que yo era el sobrino favorito y mi familia me dejaba pasar tiempo con
ella. A la orilla del pueblo pasaba la carretera que llevaba a la CDMX y a
veces, en vez de tomar el autobús, la gente se ponía a pedir aventón. Un
domingo por la tarde mi tía regresaba a la CDMX y me llevaba para pasar unos
días con ella. Como cualquier pueblerino, me gustaba ir para conocer la gran
ciudad, los edificios, el centro histórico, los museos, el cine, Chapultepec, o
simplemente los escaparates de las tiendas comerciales sin comprar nada, sólo
viendo todo lo que era nuevo para mí. Un coche se detuvo a darnos un aventón.
Iban tres personas, el conductor, copiloto y una persona más en la parte
trasera del coche, por alguna razón me parecieron muy estrafalarios, era una
mujer joven, con el pelo muy rizado. Mi tía no decía nada, pero la veía
incómoda. Los que iban en los asientos de delante iban bromeando de cosas que
no entendía pero iban molestando a la chica del asiento de atrás, recalcaban
mucho que era “ella”, hasta que se enfadó y quitándose la peluca les dijo que
él era hombre, entonces pude ver que quien yo pensaba era mujer era en realidad
un hombre vestido de mujer. El resto del camino se fue quitando el maquillaje y
los aretes para quedar como hombre. Entendí que los tres eran homosexuales y me
dio miedo, por todo lo que había escuchado de ellos.
Al llegar a la ciudad mi tía pidió que nos dejaran en una calle cercana
al metro y no dijo nada hasta llegar al departamento donde vivía, entonces
comenzó a decir que esa gente era de lo peor, que eran unos enfermos mentales y
el gobierno debería hacer algo para prohibir su comportamiento. Realmente se
veía enojada, y siempre que salía a relucir algún homosexual reaccionaba con
coraje. Durante mucho tiempo no pude entender el por qué de su reacción tan
iracunda contra los homosexuales, sobre todo con las lesbianas. Y me daba
consejos para que cuando fuera grande tuviera cuidado con “las mamarrachas”,
que eran mujeres malas y que podían pelear como un hombre. Yo sólo la escuchaba
sin entender bien.
Cuando estaba en la Secundaria se dio cuenta de que me gustaba dibujar y
que tenía habilidades para los dibujos a lápiz. Entonces me platicó de un
compañero de su trabajo con el que llevaba una buena amistad y que había muerto
años atrás, nos decía que se había suicidado. Ella guardaba una foto de él y me
pidió que, a partir de la foto, lo dibujara. Era una foto vieja en blanco y
negro donde estaba un hombre joven de cuerpo entero en traje tomada de tres
cuartos de frente. Durante varios fines de semana intenté dibujarlo una y otra
vez, pero siempre me corregía algo, algún detalle que yo no alcanzaba a ver en
la foto, pero ella que lo había conocido me señalaba los detalles de su rostro,
de su mirada, hasta que pude entregarle un dibujo más o menos aceptable.
Pasó tiempo y entre una plática y otra até cabos y pude entender lo que
había pasado. Mi tía había estado enamorada de uno de sus compañeros de
trabajo. No tengo claro si tuvieron una relación seria pero en ese tiempo
tenían un círculo de amistades en su trabajo, una de las amigas con las que
tenían amistad era una lesbiana declarada, de comportamiento masculino y
agresivo. Mi tía tenía una relación de noviazgo con su compañero de trabajo,
salían juntos y hasta donde entiendo podía haber pasado algo más formal, pero
algo pasó. Una vez la mujer lesbiana tuvo una fiesta a la que invitó al novio
de mi tía, no sé por qué ella no fue, sólo él. La lesbiana tenía una pistola y
entre un trago y otro comenzaron a jugar a la ruleta rusa. Al parecer nadie se
dio cuenta que la pistola estaba cargada y cuando el novio de mi tía tomó la
pistola y jaló el gatillo se mató. Ese evento la destrozó y la hizo desarrollar
ese carácter agrio que hoy tanto la caracteriza. Ahí entendí su odio a los
homosexuales y sobre todo a las lesbianas, siempre hablaba pestes de ellas por
lo que pasó con su novio.
Fue mi tía quien me ayudó cuando hice examen para ingresar a la escuela
rural donde pasaría siete años entre la Preparatoria y la Universidad, ella fue
la que me acompaño a presentar el examen de admisión y con quien varias veces
pasaba a visitarla. El tiempo y mi vida personal nos fueron distanciando, más
cuando fui madurando y ella pudo darse cuenta que yo era homosexual. Hoy en día
ella ya está jubilada, regresó al pueblo donde ahora vive, nunca se casó, sólo
tuvo un hijo con el cual no se lleva bien. Ya no es como la recuerdo, el carácter
se le fue haciendo más agrio, amargo, es como si la felicidad de los demás le
diera no envidia sino coraje, como si por el hecho de que ella no pudo tener
una relación nadie más la mereciera. Dejó de arreglarse y dejó de escuchar
música, cuando voy a visitarla hay un silencio pesado en su casa, hablamos
poco, hay temas personales que nunca tocamos, somos como dos extraños, sólo nos
une el parentesco y el sentido de lealtad, pero cuando ocasionalmente nos vemos
es algo muy forzado, ya no hay nada de aquél tiempo cuando yo era un niño que
iba a descubrir la gran ciudad con sus escaparates llenos de luces y sonidos
vibrantes, y mi tía me acompañaba siempre. Aún la recuerdo como una mujer
sofisticada para mis parámetros de pueblerino bajado del cerro a tamborazos,
ahí estaba mi tía quien me enseñaba lo que había de conocer de la ciudad, pero
tristemente no pudo enseñarme cómo vivir. Eso lo hube de aprender por mí mismo,
el resultado sé que no le gusta, pero ya estamos muy viejos para cambiar. Lo
que soy fue lo que nos alejó, aunado a su experiencia personal con un amor de
juventud frustrado…
Mi vecina
En el tiempo en que entré a la Preparatoria tenía que viajar desde mi
pueblo a la Ciudad de México, cruzaba una parte en metro y tomaba otro autobús
para llegar a la escuela. Venía cada fin de semana a mi pueblo, por lo que
viajaba cada semana de mi pueblo a la CDMX, mucha gente del pueblo iba al
entonces DF a comprar mercancía, a trabajar, ó a estudiar. Muchas veces el
camión se llenaba y teníamos que irnos de pie, sujetándonos a los tubos o al
portaequpaje. Las visitas a mi tía se iban haciendo más lejanas.
Cierto día al tomar el autobús, éste ya iba lleno y fui de los últimos
en subir, me quedé muy cerca de la entrada donde iba el chofer, a un lado iba
una mujer joven, de tez blanca y cabello pelirrojo ensortijado, muy alegre,
platicando a voz alzada con el chofer, al parecer lo conocía ya que le hablaba
con mucha familiaridad, era algo mayor de edad que yo, en algún momento al
verme comenzó a platicar de los putos con el chofer, diciendo que ella estaba
bien buena y bonita, que a podía gustarle a cualquier hombre, mientras se
tocaba el busto y se lo acercaba al chofer pero dirigía su mirada hacía mí, no
le hice caso, me parecía una plática y un comportamiento muy vulgar, ella se
dio cuenta que yo no le hacía caso y entonces le dijo al chofer que, a menos
que el tipo fuera puto entonces no le iba a hacer caso, al tiempo que ambos
soltaban la carcajada mientras dirigía su mirada hacia mí, el chofer se rio también.
No le hice caso, el viaje llegó a su fin y no la volví a ver en mucho tiempo.
Han pasado años, hoy regresaba del trabajo y me la encontré en la calle
mientras me estacionaba para abrir el portón, escuché un chillido, paré el
coche y la vi por el espejo retrovisor. El tiempo pasó en un parpadeo, resulta
que se casó con uno de los vecinos de la misma calle donde vivo, pero como no
hablo con nadie no sé de la vida de ellos, sólo cuando escucho las pláticas de
la familia. Ella ya es una señora de edad, todo lo bueno que decía tener en
aquel tiempo se ha ido, engordó mucho, la papada se le soltó, sus carnes se han
soltado, hay arrugas. Iba con su hijo, tiene parálisis mental, el chillido era
de él, es su forma de comunicarse, camina con dificultad, no puede articular
los movimientos con sus manos. Bajé del coche, la vi y abrí la puerta de mi
casa, ella me miró por un momento sin saludarme, pude ver que su mirada ha
perdido el brillo que le vi ese día en el autobús. Seguramente sabe de mí, al
paso de los años habrá comprobado lo que soy, pero la vida tiene una forma muy
curiosa de darnos cuenta que, después de todo, aún hay cosas peores para un
homofóbico que ser un puto….
Por: Martín Soloman
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