Amanece, suena la
alarma, es hora de levantarse para ir a trabajar. Comienza una rutina
automática, me levanto gruñendo antes de que salga el sol, el desayuno es
ligero, luego inicia el traslado al trabajo, el metro otra vez viene atrasado,
¿por qué será que hoy viernes hay más gente que los otros días? ¿será porque
amaneció lloviendo? El metro viene repleto a esta hora, a la fuerza y con un
par de mentadas logro entrar al vagón. Mucha gente en el metro, mucha gente en
la calle, pero yo me siento solo.
Hay mucha gente que
desconozco y que me rodea, me aprisiona en un vagón del metro, pero vamos
solos, desconfiando unos de otros. Llego tarde al trabajo, se me quedan viendo
con cara de “ya ni la chingas” y comienzo mi rutina diaria de papeles,
archivando, llevando, mientras agradezco que sea viernes y repasando la hora de
salida, solo con mis pensamientos que no puedo compartir con nadie.
Hace tiempo no tengo
pareja, fue algo complicado, y como diría la canción: “el mercader de sueños ya
murió, el Príncipe Azul era un impostor, el último amante se largó”. Un
desengaño más en la lista del fracaso. Hoy como todos los viernes vamos a comer
con los compañeros de trabajo, pero yo me siento solo, me cuesta trabajo
compartir mis pensamientos y debo disimular, inventar historias, y ser parte de
su normalidad. Hoy, saliendo del trabajo regresaré a casa a cambiarme el
aburrido traje gris que uso cada día y que me uniforma con mis compañeros y con
todos los que día a día viajamos en el trayecto al trabajo. Luego saldré a la
noche.
La soledad siempre
rodea al hombre desde sus inicios, aunque busca no estar solo, por eso se ha
hecho acompañar de presencias a lo largo de la historia, y ha buscado compañías
en su tránsito por el mundo. Dioses, presencias divinas, héroes mitológicos que
acompañan al hombre en su camino, con la promesa de que al final hay algo más
allá. Si la soledad rodea al hombre, la soledad es mayor para el homosexual.
Desde que se descubre como tal comienza un proceso de segregación del resto de
la sociedad, voluntario o involuntario. El hecho de ser diferente obliga al aislamiento
del individuo, lo arroja a la soledad que lo acompañará en adelante. En esa
búsqueda de semejantes, de sentirse acompañado, comienza también una búsqueda
hacia otros que sean iguales. Las redes sociales son hoy los nuevos dioses que
acompañan al homosexual en su camino. En el anonimato de la web nadie está
solo, la red ha irrumpido en la vida cotidiana y ahí todo es posible. Las redes
están llenas de amigos, se coleccionan likes como si fueran estampitas, las
fotos son coloridas, te etiquetan, no está uno solo.
Sin embargo, esto
acentúa la soledad del individuo en el mundo real. Día a día, noche a noche
navegamos en medio de un mar de soledad buscando a otros seres solitarios,
buscando pertenecer a algo, para no sentirnos solos. Yo no soy la excepción y
he buscado también grupos en la red. Soy parte de una búsqueda que nos lleva a
conocer grupos virtuales y reales, grupos donde se clasifican a los
homosexuales en subculturas, en subcategorías, principalmente por los atributos
físicos, por las indumentarias, y por los fetiches individuales. Encontramos
grupos, de muchas clases en la red, grupos de osos, de nudismo, de vaqueros, de
leathers, grupos de encuentro, grupos de apoyo, de contactos, de fetichistas,
de ciclistas, de bareback, de maduros, de etnias, y un largo etcétera, grupos
de toda clase. Las nuevas tribus urbanas de los homosexuales son las nuevas
subculturas en las que se pueden clasificar y subclasificar a la gente pero
también encasillar en estereotipos. Hay tantos grupos con tantos objetivos que
es imposible contarlos, algunos con una vida muy corta, algunos mas duraderos,
algunos numerosos, otros no tanto, varios desdibujados, pero todos buscando
llenar un espacio, un vacío en la colectividad homosexual.
Y entre todos estos
grupos buscamos pertenecer a alguno, donde encontremos nuestros iguales, donde
podamos estar con otros que sean como uno, similares, noche a noche buscando.
Cada grupo crea su propio lenguaje, sus propias imágenes, sus contraseñas, su
vestimenta y todo lo que va formando su identidad, con lo que cada quien se
identifica y se reconoce en el otro.
Salimos a la noche y
hay muchas opciones, todos prometen diversión, pero aun cuando sea un antro
repleto de gente, un bar donde apenas quepa un alfiler, en realidad estamos
solos. La soledad es la condición misma de nuestras vidas pero también es
ruptura con la sociedad. Los grupos reivindican el derecho de comunión entre semejantes.
Por un momento estamos junto a otros, por una noche podemos bailar, reír,
emborracharnos, abrazar, besar a otros, y también podemos tener sexo ocasional,
sin compromiso.
El homosexual es un
ser sobre-erotizado, con muchas facilidades para tener sexo, para engañar la
soledad. En esta situación hay dos cosas que se pueden hacer para olvidarnos
por un momento de la soledad: emborracharse o tener sexo. Lo mejor es que las
dos cosas se pueden combinar y hacerlos a la par, porque el sexo es más
desinhibido cuando se tiene alcohol en el cuerpo. Y las dos cosas causan resaca
al día siguiente, una es física, la otra es moral, son los costos del exceso
que se pagan con gusto por una noche con alguien más, mientras la soledad se
ahoga en el alcohol y en otros cuerpos.
Saliendo del trabajo
llego a casa de paso, por cinco días el trabajo me ha permitido olvidarme de mi
mismo. Llego temprano a una cantina del centro histórico. A esta hora aún hay
poca gente, me dirijo a la rocola y deposito unas monedas: Mientras pasan las
canciones de Javier Solís tomo una cerveza, lentamente. Poco a poco va llegando
la gente. Mis dedos sacan un papelito con la dirección de un grupo que encontré
desde hace dos meses en la red. Es un grupo de encuentros, y aún estoy indeciso
en ir. Nunca he estado en un grupo de encuentros aunque si conozco los cuartos
oscuros de los antros, con muy mala experiencia por cierto. Cierta vez entre a
un cuarto oscuro.
Por precaución siempre llevo muy poco dinero en la billetera.
Esa vez entré y era literalmente un cuarto oscuro, no se veía nada, solo podía
sentir el roce de manos, hasta que me bajaron el cierre del pantalón y me
comenzaron a dar sexo oral; el tipo sabía hacer su trabajo, mientras sus labios
no se separaban de mi verga sus manos me tomaron de la cintura para atraerme,
mi verga se hundía hasta su garganta, me desabrochó el pantalón y el cinturón y
su lengua pasó a lamer mis testículos en una combinación alternada, sus dientes
mordían suavemente mi glande combinándolo con su lengua sin dar tregua; estaba
yo concentrado en esa sensación que no repare en que sus manos comenzaban a
hurgar en mis bolsillos hasta extraerme, primero mi cartera y luego el semen,
en una intensa eyaculación. Salí del cuarto oscuro deslechado y sin la
billetera, por suerte solo eran unos $100 pesos, lo tomé como la propina por el
trabajo realizado. Sirvió además de experiencia para que no volviera a entrar a
un cuarto oscuro. Pero esta vez era diferente, era un grupo de encuentros, no
tenía idea de lo que pasaría, me daba recelo pero a la vez mucha curiosidad.
Solo hacen una reunión al mes y hoy es el día, ya he dejado pasar un par de
fechas antes, la tercera es la vencida. Pago mi cerveza y me dirijo a la
dirección que está escrita en el papelito, aún indeciso. Era el año 2002 y este
era el único grupo de ese tipo que existía en el DF, se llamaba Milk. . .
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