Mi vida nunca ha sido fácil, siempre ha estado marcada por la sombra de
mi padre. Provengo de una familia tradicional, donde todo se hace de acuerdo a
lo que mi padre dice. Supe lo que yo era desde que era muy pequeño, pero
siempre lo oculté, sobre todo a la vista de mi padre quien se esforzaba en
educarme “como todo un hombre”, según sus palabras, y aunque yo seguía sus
indicaciones, nunca pude ser como él. Si me ocupaba en cualquier cosa que me
apartara del camino que él me había trazado era reprimido a punta de golpes.
Conforme iba creciendo también se hacían más fuertes los golpes, mi madre nunca
se atrevió a intervenir, si lo hacía los golpes eran más fuertes. Con todo, no
seguí su camino, preferí estudiar una carrera corta y comencé a trabajar en
cuanto pude para alejarme de él y hacer valer mi independencia frente a él.
Cuando eso sucedió, ya no pudo meterse tanto conmigo e incluso dejo de hablarme
días y hasta semanas, pero comenzó a atacarme de otras formas. De lo poco que
ganaba le daba dinero a mi madre para los gastos de la casa. A mi padre eso
pareció no importarle. En el fondo sentí su decepción hacia mí, y no podía
entender por qué me trataba así.
Mis hermanos menores se casaron apenas entrando los 20 años y yo a mis
30 años seguía soltero, mi padre supuso
lo que yo era y no reparaba en decírmelo en mi cara: “¡No te casas porque eres
un pinche puto!”. Yo solo evadía su mirada acusatoria y me quedaba callado, sus
palabras me dolían incluso más que los golpes que me daba de chico. Mi papa no
se medía, y me criticaba incluso con sus amistades y les decía que yo era puto.
Todo eso me dolía, pero no discutía con él, yo aun así lo respetaba y creo que
nunca he sido un homosexual obvio, pero él me rechaza porque yo no soy un
hombre como los demás, casado y con hijos. A pesar de eso no puedo dejar mi
casa, lo que gano no es suficiente para independizarme y además me duele dejar
a mi madre sola, aguantando los gritos de mi padre. Prefiero que me grite a mí
que a ella, de alguna forma también le tiene coraje y la culpa porque según él,
ella hizo que yo me volviera puto. No entiendo porque me odia tanto.
Hace poco cambié de trabajo y en el camino a mi nuevo empleo hay un
taller mecánico por donde ahora paso a diario. Cuando paso por las mañanas está
cerrado, pero al regresar por las tardes está abierto. Ahí trabaja un hombre
muy atractivo y recuerdo que cada vez que regresaba del trabajo mi curiosidad
me llevaba a mirarlo, es el dueño del taller, siempre sucio y ocupado en la
talacha, pero estaba muy lejos de mi alcance, siempre metido en su trabajo.
Pero de un tiempo para acá he pasado y lo he saludado. Me contestaba
amablemente, pero sabía muy bien que probablemente no era de su agrado, alguna
vez vi a mi padre que es muy amiguero platicando ahí en el taller y es casi un
hecho que hablo mal de mí cuando pase y me vio. A veces creo que mi peor
enemigo es mi propio padre, aunque suene paradójico, que quizá la persona que debería
amarme más, sea la que más me odie.
Cierto día hace poco, iba de regreso a mi casa por la tarde y cuando ya
estaba cerca del taller, en la entrada de una tienda estaban unos tipos
bebiendo cervezas, reconocí a uno de ellos pues es un vecino que seguramente
critica mi homosexualidad y además sé que es un bueno para nada, inmediatamente
me cerraron el paso y me detuvieron, yo me quede parado, no sabía qué hacer,
eran tres tipos y uno de ellos tenía un arma punzocortante en su mano. De
pronto se escuchó un grito “¡déjenlo hijos de la chingada!”, giré mi rostro
para ver quien decía eso y vi a Raúl, el mecánico que me atraía mucho. Al
parecer los tipos que me querían golpear le tenían miedo porque cuando él llego
se disculparon y aun así él le dio un golpe en la cabeza a mi vecino y le dijo
que si se volvía a enterar que me estaban molestando se la iban a ver con él.
Me tomo del hombro y me llevo al taller. Yo estaba mudo.
Me dijo que lo esperara un poco, se metió al taller y salió con dos
cervezas, me dio una y en ese momento le agradecí el que hubiera intervenido.
Me dijo que solo me estaba devolviendo el favor y que quizá todavía podía hacer
algo más por mí. Yo le dije que no sabía a qué se refería. Entonces él me conto
que cuando iba a la primaria, en primer año, había un niño que lo golpeaba, y
que un día yo pase por donde ese niño lo tenía ya listo para golpearlo,
entonces él me pidió ayuda y según él, yo en ese momento agarre al niño por una
oreja y me lo lleve lejos diciéndole que no lo volviera a molestar y a partir
de ahí ya nunca lo molestó. Me dijo que en ese momento el me vio como su héroe
y aunque los dos crecimos por caminos separados, él siempre me identifico y
sentía una especie de simpatía por mí. Yo estaba sorprendido, nunca hubiera
pensado que él tuviera consciencia de mi persona y más que así hubiese sido
desde hacía muchos años, entonces le dije que gracias, que no recordaba eso,
pero que en esa época yo debía tener unos 11 años. “Pues yo tenía 6”,
respondió, “entonces ahora debes tener 35 años porque yo tengo 30” y seguimos
platicando un rato más.
Los días pasaron y cada vez que yo pasaba por el taller nos saludábamos
y a veces platicábamos brevemente. Durante ese tiempo me conto que no le había
ido bien en su matrimonio y que recientemente se había separado de su mujer,
entonces me invito a tomar unas chelas el siguiente sábado. Yo me sentía algo
confundido aunque muy emocionado. Seguramente él sabía que yo tenía fama de ser
gay y no parecía molestarle, mi padre se había encargado de decirles a todos en
el barrio quién era yo. Pues bien, Raúl debía saber todo eso y aun así no me
decía nada
El siguiente sábado nos vimos por la tarde, fuimos a una cantina a tomar
una chela. Bañado se veía diferente, más atractivo aún, su ropa era sencilla,
tenía un auto que olía a aceite y gasolina. Estuvimos en la cantina, platicando
de cualquier cosa, pero después de unas cuantas cervezas me dijo que tenía que
decirme algo, que no sabía cómo decírmelo y que ahora que me conocía mejor,
sentía que debía hablarlo. Esas palabras me intrigaron, no parecía interesado
en tener sexo conmigo, más bien parecía como si necesitara amistad. Para ese
momento yo lo percibía como alguien ingenuo y tal vez él no entendía que yo era
homosexual y quizá al darse cuenta tal vez si me rechazaría y eso sería
desagradable para mí. Aun así le dije que era todo oídos, yo creía que siendo
un hombre tan atractivo, tenía muchas cosas fáciles, pero al parecer me
equivocaba.
Entonces me dijo que ya no estaba a gusto ahí, y nos salimos, nos
subimos a su auto y de pronto tomo la autopista, le pregunte a donde iríamos y
me dijo que daríamos una vuelta a la gran ciudad, supuse que se refería a la
capital. Durante el camino no podía evitar verlo de reojo, me parecía muy
atractivo. Me sentí tentado a agarrarle la pierna, pero me contuve, no estaba
seguro que él fuera gay, aunque sus palabras insinuaban que sí lo era. Las
luces de la ciudad se acercaban con rapidez, pasamos por calles hacia una
colonia que yo no conocía, las calles se veían mal iluminadas, las
construcciones eran viejas. Por fin se estacionó en una de las calles, le
pregunté a dónde íbamos pero él solo me dijo que íbamos a tomar algo más
fuerte, caminamos hacia una cantina que estaba cerca, era frecuentada por gente
común, al entrar la música de una rockola tocaba música de banda, en el bar
solamente había hombres, él parecía conocer el lugar y me llevó hacia el fondo,
desde ahí podíamos ver todo lo que pasaba en el lugar.
Raúl había venido antes, me dijo que había estado buscando la forma de
decirme lo que quería que supiera yo pero que no encontraba cómo hacerlo y que
la mejor forma era traerme aquí. Por fin mi pregunta tuvo respuesta, sin
decirme nada, el hecho de que Raúl me llevara a esa cantina era su forma de
decirme que él también era homosexual como yo, y era el hombre que me gustaba,
mi rostro se iluminó de alegría, quise abrazarlo pero él me rechazó suavemente
y me dijo: “lo que tengo que decirte no es esto, no quiero que me
malinterpretes, te estimo mucho como amigo, pero soy diferente”. Yo no entendí
sus palabras, ¿por qué estábamos ahí? Él me dijo “lo que tengo que decirte es
que tú no tienes la culpa de nada, hace mucho tú me defendiste, ahora te
devuelvo el favor”. Me dijo que hace tiempo conoció este lugar por un cliente
que le llevó a reparar un coche a su taller, entre las cosas que tenía en su
cajuela encontró unas fotos y algunas otras cosas, y eso lo llevó a conocer
esta cantina. Yo seguí sin entender, cuando entonces me dijo que mirara hacia
la entrada. En ese momento iba entrando una pareja, dos hombres abrazándose, iban
vestidos como vaqueros, sombrero, botas, se dirigieron a una mesa, pidieron
algo. Yo no podía distinguirlos bien, hasta que se quitaron el sombrero para
abrazarse y darse un beso. Entonces comprendí todo, por fin descubrí cual era
la razón para todo el odio que había hecho mi vida infeliz y me di cuenta que
esa era la forma que había encontrado Raúl de defenderme. Pues era mi padre
quien estaba ahí besándose con otro hombre.

2 comentarios:
Zaz!!! El meollo del asunto, la clásica homofobia interiorizada y que provoca represión de uno mismo y hacia los demás.....
Todo un caso. (Y)
Buen relato.
Salu2
Quedé en shock jajajaja
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