19 de septiembre de 2018

Lo que el desempleo me enseñó


Amanece, es un día más, Antonio despierta antes de que suene la alarma del despertador, había programado la alarma para una hora después de su hora cotidiana de despertar, la que hasta el día anterior había sido su hora habitual de despertar. Abre los ojos y toma el celular para ver la hora, apenas son las 7:00 AM, él pensaba levantarse a las 8:00 AM, pero la costumbre de años de levantarse siempre a esa hora le ha hecho despertar una hora antes de que sonara la alarma, la cual había reprogramado para todos los días por venir a partir de éste día. Ya no tenía prisa en levantarse, por primera vez en años no tenía ya nada que hacer, el día anterior había firmado su finiquito en su trabajo, durante casi veinte años había trabajado como empleado bancario hasta el día de ayer, hoy era su primer día como desempleado, hoy por primera vez en años no tenía nada a qué levantarse, y tampoco tenía por qué levantarse a las 7:00 AM.

Esperó en la cama a que la alarma sonara para levantarse, trató de seguir una rutina distinta a la que había seguido por años, pero de alguna manera repetía la que había sido su rutina durante casi veinte años. Había pasado por épocas difíciles, recordaba cuando fue el colapso del sistema bancario y se creó el Fobaproa, después vendría la venta de los bancos y la fusión de algunos, y aunque sabía que éste día llegaría, no estaba preparado para quedarse sin trabajo, nunca había dependido económicamente de nadie y le aterraba la idea de quedarse desempleado, lo cual era un riesgo latente en su trabajo porque un día podía ser el mejor empleado y al siguiente podía ser el peor, así de frágil es la posición de un empleado en un banco y sin embargo nadie lo había preparado para este nuevo día, ¿qué iba a hacer?

Un par de meses antes sabía que lo iban a despedir, pero no podía hacer nada, sólo esperar a que le avisaran. Dos días antes Antonio recibió una llamada de recursos humanos pidiéndole que se presentara al día siguiente en las oficinas de relaciones laborales, ni siquiera su jefe le había dicho nada, fue directamente a recursos humanos. No preguntó para qué, sólo terminó de recoger algunas cosas personales y se despidió de sus compañeros de trabajo más cercanos, todos sabían que ése era su último día de trabajo, le desearon suerte. Al poco tiempo llamó a su pareja con la que tenía una relación de diez años, le contó con tristeza que ese era su último día de trabajo, y aunque desde hacía dos meses que le había platicado de la posibilidad de que lo echaran del trabajo, su pareja no mostro ninguna preocupación. No le dijo gran cosa, era como si nada hubiera cambiado para él, ni siquiera le animó, en vez de eso se puso a platicarle sobre una situación en su propio lugar de trabajo que no tenía nada que ver con la situación que estaba enfrentando Antonio.

Se preparó un desayuno ligero, no tenía mucha hambre, mientras desayunaba veía un álbum de fotos, ahí estaban las fotos del primer viaje a Vallarta que habían hecho juntos, del viaje a Acapulco donde se quedaron en un hotel que no le había costado nada porque se lo había pagado su trabajo, estaban las fotos de cuando habían estado en un antro, ambos aparecían sonrientes, felices, pero a partir de ahora eran viajes que ya no podrían hacer, ya no los podría pagar, de pronto las prioridades eran tan simples como sobrevivir económicamente.  Para Antonio quedo más claro, que la vida no está hecha de viajes a la playa, de visitas a centros comerciales exclusivos, de cenas en un restaurante caro, en realidad está hecha de momentos comunes, cotidianos, son las pequeñas piezas que van formando la vida diaria, y la vida en pareja está hecha de compartir esa cotidianidad, compartir un desayuno, compartir las labores de la casa de las que nadie quiere hablar porque no tienen nada de interesante, son cosas que no venden a la vista de otros, pero que en el interior de una relación construyen la vida del día a día, tener empatía con la pareja, y apoyarla.

Hasta ese punto había sido Antonio quien había corrido con los mayores gastos en la relación, la casa era de él, todos los gastos de la casa como gas, luz, agua mantenimiento, cable, predial, habían sido hechos siempre por él, los muebles los había comprado él, todo nuevo, estufa, refrigerador, cama, sala, y en los gastos de alimentación era Antonio quien corría con la parte más pesada como carnes, todo el super. ¿Cómo sería ahora? Su pareja había tenido un sueldo menor hasta unos meses antes, pero aunque hacía poco que su situación económica había mejorado mucho, la distribución de gastos seguía siendo la misma. Los primeros días de Antonio sin trabajo fueron pasando muy lentos, las primeras cuentas por pagar fueron llegando, Antonio sabía que su pareja estaba enterado de cuáles eran los gastos y esperaba que por lo menos durante el tiempo que tardaba en encontrar otro trabajo, su pareja lo ayudara con parte de los gastos, pero al paso de los días eso no pasó. Su pareja nunca se ofreció para apoyar ni le dijo nada al respecto, era como si no se diera cuenta de lo que Antonio estaba pasando, y por ello Antonio continuó pagando las cuentas como siempre, el dinero poco a poco se iba yendo.

Antonio sabía que por su edad le iba a ser complicado encontrar otro trabajo, y si tenía suerte de encontrarlo, no iba a ser tan rápido como para alguien joven, y seguramente tampoco iba a ser bien pagado. El día que se presentó en relaciones laborales de su empresa le preguntaron si sabía por qué lo habían mandado llamar, dijo que si, le pusieron una hoja con los números de su finiquito, siempre pensó que le correspondía más de lo que le ofrecieron, quiso rechazarlo, pero le dijeron que si no quería firmar podía emprender un pleito legal contra la empresa, le dijeron que no era probable que lo ganara, pero que si así fuese, al final del proceso, que le prometían sería largo, descontando los honorarios del abogado le quedaría una cantidad similar a la que le ofrecían, pero que además, si decidía demandar, lo boletinarían en otras empresas similares para que no pudiera encontrar trabajo. Antonio había trabajado casi veinte años ahí, no sabía hacer otra cosa, así que firmó su renuncia voluntaria.

A veces la gente se imagina que las relaciones se fracturan por algo grave, porque uno de ellos se enamora de otra persona, por una traición, pero lo cierto es que las relaciones simplemente se van desgastando, como un par de zapatos que a fuerza de usarlos se van volviendo inservibles, se acaban, se destruyen. Los días fueron pasando, se hicieron semanas, meses. Antonio continuaba buscando trabajo, pero el tiempo que tenía ahora le hacía ver lo todo aquello que, mientras estuvo trabajando, no se había tomado el tiempo de ver, repasaba cada evento en la relación, cada desgaste, cada desencuentro, cada mirada en la que cada quien había vuelto a mirar hacia otro lado, y se sintió solo, sin apoyo, ni económico ni moral, para su pareja era como si nada hubiera pasado, para Antonio todo estaba cambiando, entendía que estaba sólo aunque estuviera acompañado, y entonces supo que no podía quedarse ahí. Tenía que hacer algo, pero tenía que hacerlo solo, porque para su pareja las prioridades eran otras, finalmente él tenía la vida resuelta y no tenía ninguna presión económica, pero tampoco ninguna intención de apoyarlo en esa situación. Supo que no era un apoyo, sino un lastre. El fin había llegado.

Epílogo:

-“Sí todo sigue igual entre nosotros, yo te invito un viaje a Europa y todos los gastos corren por mi cuenta”… “ahora sí voy a meter dinero a la casa”…

Antonio sólo sonrió, y le dijo que no. Ya no era tiempo, ya no había vuelta atrás. Entonces él, se fue.

Por: Martín Soloman

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