15 de enero de 2020

Pies descalzos



Cuentan que, cuando Emilio, “El Indio” Fernández estaba por hacer su película María Candelaria, tuvo trabajo en convencer a Dolores del Rio para que aceptara hacer el papel protagónico. Ella venía de Hollywood, y se encontró con el ofrecimiento de un papel de indígena sumisa.

-          “¿Pero cómo? ¿Yo, una indita con los pies descalzos?”
-          “Sus pies –le dijo El Indio- serán el desnudo más hermoso de todo México”

Esta anécdota tiene que ver con el tema del fetichismo en los pies vista como una forma de complementar el erotismo y la sexualidad entre los hombres que tienen sexo con otros hombres. No sé en qué momento los pies comenzaron a ser un fetiche para mí, pero creo que ya fue como adulto, o por lo menos en mi época de Universitario cuando lo descubrí en algún carnaval del pueblo.
 
Provengo de una familia más que humilde, pobre, de origen rural. Mi abuelo usaba huaraches todo el tiempo, era un hombre de campo, así que lo conocí de huaraches o descalzo cuando estaba en casa, sus pies eran gruesos y curtidos por el uso del huarache en el campo, era un “pata rajada”, con los talones partidos y gruesos callos que se quitaba con el machete de campo, no recuerdo haber visto sus pies limpios alguna vez, siempre estaban llenos de polvo y tierra, aún después de bañarse sus pies rápidamente quedaban secos y del mismo color de la tierra que pisaba, quemados por el sol como toda la piel de su cuerpo, gruesos.

Yo usé huaraches de niño porque no había para zapatos, el único par de zapatos que tenía era para ir a la escuela primaria, llegando a casa me quitaba la ropa y los zapatos para usar huaraches y ropa vieja. De tal forma que mis recuerdos de los huaraches están asociados a pobreza, a pies partidos por su uso y a trabajo de campo. Los huaraches eran gastados por el uso diario, a veces veía a mi abuelo arreglar sus huaraches con alambre cuando alguna tira se rompía, o acomodando una grapa cuando la suela se partía, hasta que ya no daban más de sí. Para mi todos los huaraches eran iguales, eran el único calzado al que se tenía acceso.

Cuando crecí no usé más huaraches, durante mucho tiempo me negué a volver a usarlos, los cambié por zapatos y tenis y descubrí que al igual que yo, otros jóvenes con un origen similar al mío los veían como un símbolo de pobreza, nunca los vi como algo erótico o algo que transfigurara por sí mismo a la persona que los usaba, de hecho me negaba a mirar hacia abajo para ver a quien los usaba. Fue después que mi abuelo muriera y que, de alguna forma, he tenido que hacer frente a muchas de las cosas que traía pendientes de reconciliarme conmigo mismo. Comencé a usarlos por mí mismo, y ya como adulto fui descubriendo sensaciones que no conocía, y el matiz homoerótico que tiene para algunos. Hoy los uso por decisión propia como parte de mi identidad, de mis orígenes, de quien he decidido ser, y han pasado a ser parte de mis fetiches, como si se tratara de un cuerpo desnudo.

En el hombre los pies desnudos insinúan lo que hay debajo de los pantalones, muchas veces se ha asociado el tamaño del pie o de los dedos con el tamaño del miembro, y también con qué tanto vello corporal pueda tener el hombre, así como su complexión, corpulencia y fuerza. Entre hombres de provincia que no se reconocen como homosexuales pero que si tienen sexo con otros hombres de manera furtiva, ocasional y que no se muestran de manera abierta ante otros, los pies pueden llegar a ser el desnudo masculino más erótico sin ser mal visto socialmente. En las costas del país, los hombres acostumbran llevar los pies descalzos, como prototipo del hombre macho, rudo, piel morena quemada por el sol, cuerpo formado por el trabajo, sin más adorno que la sexualidad propia de su cuerpo y desnuda a través de sus pies.

Culturalmente, cuando el homosexual se asume como gay, pierde características propias del machismo mexicano y asume mucho de la cultura homosexual proveniente de Estados Unidos la cual es más como una cultura de consumo en la que el homosexual aprende a expresar y a consumir un gusto que comienza por la música plástica tocada en los antros con coreografías distintivas, luego viene el gusto por la ropa, los lugares de moda y una lista de productos de consumo para ser un buen gay, uno domesticado y aceptado en la medida que lo permita su billetera. Sin embargo el homosexual busca algo que ha perdido dentro de su origen, el ghetto: un hombre recio y una actitud machista, como promesa de sexo puro, algo que a los homosexuales gusta, pero que han perdido al asumirse en la cultura gay, buscando así lo que dan en llamar “un chacal”, alguien que está fuera de esa cultura, que no visten de acuerdo a los dictados de la moda, no acuden discos gay, que no necesitan ir a una marcha de orgullo homosexual porque su sexualidad la llevan en su privacidad, al contrario de los hombres gay sí van porque han hecho de su sexualidad una bandera política.

Esa actitud de sumisión ante un hombre con actitud dominante se busca, entre otros elementos, a través de los pies, en un acto de sumisión ante el macho, quien no necesita exhibir más de lo que él permite, es un hombre que asume el rol activo, muchas de las veces casado y con hijos, pero que eventualmente puede tener sexo con otro hombre, usualmente de menor condición quien se ha rendido en la cultura gay ante quien con su actitud machista ha ocupado el vacío de género que la identidad gay ha coloreado de arcoíris, en contraposición al blanco y negro de las películas mexicanas de la época del cine de oro.

Parte de mi descubrimiento del mundo homosexual fue en un cine porno en provincia, donde todo mundo sabe a lo que va sin hablar de ello. En algunas ocasiones fui al cine con huaraches, porque en la vida diaria y por comodidad acostumbro usarlos cuando no trabajo. Es curioso como entre más descuidado en el vestir sea el aspecto de quienes van ahí, más es el asedio de quienes van buscando sexo con un activo. En muchas de las ocasiones que fui así a que me hicieran sexo oral, los pies se volvían parte de la excitación. Se ponían de rodillas, y a la vez que introducían mi miembro en su boca y daban las primeras lengüeteadas, sus manos tocaban mis pies desnudos, y su excitación iba en aumento, haciendo más intenso el acto, sacaban alguno de mis pies del huarache y mientras tocaban la desnudez de la piel del pie introducían totalmente mi verga en su garganta.

Ahí conocí ocasionalmente a un tipo que le gustaba mucho hacerme sexo oral, tenía un aspecto de oficinista casado, de comportamiento tímido pero que desde que me vio de huaraches fue tras de mí y se sentó a mi lado para acariciarme la verga por encima del pantalón, luego se ponía de rodillas y me abría la bragueta para hacerme sexo oral, era muy bueno en ello, pero donde más se detenía era en mis pies, los sacaba del huarache y los olía para luego lamerlos, aspiraba profundamente su olor y luego introducía cada uno de los dedos de mis pies en su boca donde los mordía suavemente mientras su lengua recorría por entre los dedos, en su boca cabían todos los dedos de mis pies, luego recorría con su lengua la planta de los pies y mordisqueaba mis talones, de vez en cuando tomaba uno de mis pies y se golpeaba el rostro con mi pie desnudo, él siempre de rodillas mientras mordía los dedos de mis pies, y luego regresaba a mi verga que engullía hasta el fondo mientras con sus manos tocaba mis pies, así seguía hasta hacerme eyacular. Luego calzaba mis pies en los huaraches y se retiraba, la sensación de alguna forma era diferente, la excitación distinta, la sensibilidad de la piel en los pies es distinta a la de las manos, los pies tienen una forma distinta de sentir, en cada una de las veces que estuve con él fui aprendiendo a sentir a través de la piel de los pies, y para quien lame y mordisquea lo puede hacer con mayor fuerza que si se tratara de una verga.

Pero quizá lo que me hizo ver de forma distinta la sensualidad de los pies fue con otro hombre que conocí, en aquel tiempo estaba al final de una relación abierta y a veces convivíamos los tres o íbamos a comer. Lo único que hacíamos era quitarnos un zapato y acariciarnos mutuamente con los dedos de los pies, cada pequeño centímetro de piel del pie era un amplio lienzo donde sentía la textura, el calor, la fuerza de su cuerpo y el deseo sexual reprimido, todo a través de los pies. Luego veía sus pies descalzos y me parecían muy fuertes, expresaban toda la fuerza de su cuerpo a través de las venas que los cruzaban y por lo ancho de sus dedos. Así fue durante mucho tiempo, y ahora que estamos juntos de alguna forma compartimos ese gusto por usar huaraches, y como una forma de expresar nuestra sexualidad en público, mostrando esa desnudez que luego, en la intimidad de la habitación, dará paso a algo más, sin adornos, sin lociones, solo la piel desnuda de nuestros cuerpos siendo recorrida por nuestras manos y nuestras bocas…


Por: Martín Soloman


1 comentario:

Modesto Soto dijo...

Muy buena tu historia también tengo esa fijación o fetichismo hacia los pies con huaraches de hombre mi padre usaba huaraches a diferencia de mi me anima a usarlos eróticamente